jueves, 22 de noviembre de 2012

Cazador, VIII

Le intenté preguntar algo. Todo. Nada. Cualquier cosa.

Pero no me salía la voz. Abrí la boca y me esforcé, me esforcé mucho, por emitir unas cuantas palabras que preguntaran alguna de las muchas cosas que tenía que preguntar (quién eres, de dónde eres, por qué mi pueblo, por qué yo, ¿estamos destinados a casarnos?¿somos hermanos en secreto?¿mi familia te ha hecho algo imperdonable?¿cuánto tiempo llevabas sin sonreír hasta hoy?¿dónde estamos, qué vamos a hacer, qué está pasando?¿tienes alguna respuesta?), pero mi voz había desaparecido.

Sus ojos curiosos e imposibles se entrecerraron un instante. Yo pensé, "¿Y si me ha quitado la voz para siempre?". Durante un segundo el pánico se hizo más fuerte que la lógica, que la irracionalidad, que nada. Y él lo supo. Lo vio en mis ojos.

Se acercó a mí despacio, con las manos en alto, como si se acercara a un loco con una escopeta.

Vi en sus ojos que no era culpa suya, que él no había hecho nada para quitarme la voz. Respiré con calma. Supuse que estaba afónica por andar en el frío toda la noche.

O por su mirada.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Life is a carnivore

But you make me feel larger than life. So I'm a bigger carnivore than life is.

Hay que despertarse con hambre por las mañanas, porque si no, es cierto, la vida te devora. Poco a poco va hincando sus dientes oscuros, profundos y afilados en tu carne, y al principio puede que no veas la herida. O puede que sea un mordisco sensual, carnal, de esos que te ponen la piel de gallina y dejan a cada una de tus células esperando, anticipando dónde se volverá a clavar, disponiendo tu cuerpo tan largo y ancho es para dejarlo a su entera disposición. "Aquí, vida. Muerde todo lo que quieras. Sígueme haciendo sentir tan viva, tan consciente de las dentelladas, tan despierta en tus brazos".

Pero poco a poco, si no mordemos de vuelta, la rutina se instala y los mordiscos pierden su lado placentero, y empiezan a doler. Es sutil. Más parece que nos roe, la vida; que lentamente va descarnando nuestros cuerpos, de una forma tan velada que casi ni nos damos cuenta, hasta que somos poco más que huesos porque la vida se ha llevado nuestra carne, lo que nos tenía en pie y nos hacía movernos.

Así que recuerda siempre morder, devolverle la pasión que te ofrece, para no perder nunca la ilusión; para no quedarte en los huesos; para seguir siendo carnal. Porque la vida exige su carne, pero si le contestas con la misma pasión, nunca dejará de ser placentero, nunca llegará a roerte hasta la extinción. Si devoras la vida tanto como ella te devora a ti, el equilibrio ya no parece tan imposible. Y no, no te hará inmortal, pero te hará feliz.

Así que aprende la lección. La vida es carnívora. Pero tú puedes ser omnívoro si quieres.


lunes, 30 de abril de 2012

Ahora dicen que ya no tienes derecho a la asistencia médica. Ahora resulta que hay ciertos humanos que sí son ilegales, que no tienen los mismos derechos que los demás. Ahora resulta que ese país de mierda que yo abandoné pocos años después de que tú llegaras te vuelve la espalda, una vez más, como si no te hubieran hecho sufrir lo suficiente ya, como si alguna vez te lo hubieran puesto fácil. Ahora ni lo más básico te van a permitir, el derecho a estar bien, el derecho a sobrevivir, a que te ayuden cuando más lo necesitas. Ahora estás solo.

Pero no estás solo, y eso tienes que recordarlo. Tienes que recordar que aunque el maldito Estado te dé la espalda como si no fueras un ser humano, quedamos nosotros. Los que te miramos y no vemos una estadística. No vemos un número más. No vemos un objeto que nos quita recursos, no vemos un gasto económico. Te miramos y vemos tus ojos, tus ojos oscuros y profundos. Vemos una sonrisa que sorprendentemente resiste a los golpes que te dan a derecha e izquierda. Te miramos y vemos que dentro de ese pecho flaco hay un corazón que merece asistencia, que merece ayuda, que merece todo lo que le podamos ofrecer.

Te miramos y vemos un ser humano. No lo olvides. No lo olvides nunca, porque se acercan tiempos oscuros. Tiempos en los que necesitarás saber que hay gente que te quiere exactamente donde estás, gente que espera poder ayudarte tanto como tu existencia nos ayuda a nosotros. Necesitarás la esperanza de pensar que hay esperanza.

Y estaremos ahí. No lo olvides.

No me olvides, como yo no te olvido a ti.

lunes, 9 de abril de 2012

Cazador, VII

Me miraba con una mezcla entre curiosidad e impaciencia. La parte de la impaciencia la podía entender, porque según él mismo me había dicho la noche anterior, llevaba mucho tiempo esperándome, pero no sabía qué era esa curiosidad. En mi inconsciencia eterna, o quizá en mi afán de creerme mucho más importante de lo que soy, pensaba que el cazador ya lo sabría todo sobre mí, que llevaría años observándome, siguiendo cada uno de mis movimientos hasta el momento en que yo estuviera preparada y fuera a él por mi propio pie. Pero viendo esa curiosidad en sus ojos me di cuenta de que no era así. Pero que sí era yo. No había sido un accidente, no había sido una casualidad. Era yo. Estaba allí porque tenía que estar allí, tal y como sospechaba desde aquel primer redoble del tambor.
Sin embargo, no hizo ninguna pregunta. Me tendió una taza con algo que olía ligeramente a café, mezclado con hierbas que ni siquiera quiero pensar qué eran, y me sonrió. Era una sonrisa que no esperaba. Era tierna, en realidad, aunque era evidente que no la usaba mucho, que no estaba acostumbrado a sonreír. Seguramente llevara años sin sonreír a nadie, pensé. Quién sabe. Pero no era el momento de preguntar. Así que acepté la sonrisa y, dentro de la confusión en la que me encontraba con respecto a todo, le intenté devolver una propia. Sé que fue poco más que una mueca, pero también sé que él la supo interpretar. Tomé el café de sus manos y no pude evitar notar la aspereza en ellas. Me preguntaba si habría algo en ese hombre que no fuera áspero, pero entonces recordé (como si ya lo hubiera podido olvidar; pero en esos días todo era tan nuevo, raro y terrorífico que cada nueva emoción me hacía olvidar la anterior) su sonrisa, su tierna sonrisa, y decidí no seguir juzgando antes de descubrir qué estaba pasando. Decidí olvidar que ese hombre llevaba diecisiete años asesinando a mi gente a sangre fría, que nunca dejaba pruebas, que era frío y calculador, que su crueldad no conocía límites. Decidí olvidar todo eso.

Decidí dejar por un segundo al cazador, y centrarme en el hombre.

Hay errores que te pueden perseguir toda una vida. Pero hay aciertos que pueden cambiar toda tu vida.


domingo, 8 de abril de 2012

"No mires a los lados, Juan"

No era fácil caminar por esa cueva. Estaba oscura, y la linterna que llevaba con él no tenía mucho alcance. Apenas el suficiente para alumbrar el camino que tenía por delante. La precaución era más que necesaria, porque el camino era estrecho y había muchas rocas que podrían romperle un tobillo si tropezaba. Un tobillo era una cosa seria. Nunca saldría de ahí con vida si se hacía daño.

La mente, ese instrumento tan inútil a veces, tan inoportuno, decidió llevarle al comienzo de la historia. Todo por impresionar a un chico. Qué chico, por otra parte. Piel morena y suave, ojos verdes como una piedra demasiado preciosa como para tener nombre siquiera. Una sonrisa que retaba a cualquiera. En este caso a Juan. Pues claro que lo intentaré, dijo. Cruzaré la cueva. ¿Tú irás delante? ¿La expedición será grande?

Una expedición de quince personas. No era de esperar que pasara nada. Juan estaba seguro de que al final se lo pasaría muy bien, aunque nunca había sido un gran aventurero. Pero valía la pena, sólo al ver la sonrisa en aquellos ojos tan imposiblemente verdes supo que valía la pena haber dicho que sí. Sólo había que pensar en lo que pasaría después de la cueva.

Pero en algún momento, en algún recoveco que nunca más sería capaz de reconocer, perdió a los demás. Se puso nervioso y empezó a caminar solo, gritando, pero las paredes sólo le devolvían el eco de su voz. De su voz asustada. De su voz desesperada. Ecos con muy poca esperanza, la cueva era profunda, el camino oscuro, su preparación escasa. No quería morir en esa cueva. No quería morir. Por eso siguió caminando. Mejor no mirar a los lados por si acaso. Mejor seguir mirando al frente.

"No mires a los lados, Juan". Se lo repetía a sí mismo una y otra vez. Tenía pánico a la oscuridad. Nunca había tenido miedo a los espacios cerrados, pero algo le hacía intuir que eso iba a cambiar. Si salía de ésta, claro. Por si acaso, no mirar a los lados y seguir caminando. En algún momento tendrá que aparecer la luz del sol al fondo. Y si no, maldita sea mi suerte. Todo por un chico. Con lo fácil que hubiera sido inventarse una lesión, decirle que mejor si iban a tomar un café para conocerse un poco y dejar las aventuras para más adelante, cuando la chispa de acabar de conocerse hubiera pasado. Maldita suerte. Malditos ojos verdes.

Volvió a gritar, sin mucha esperanza, pero por si acaso. "¿Hola? ¿Me puede oír alguien?". Nada. "¡Hola! ¡Por favor! ¿Hay alguien?". Y entonces su corazón dio un vuelco. "¡Aquí! ¡Juan! ¿Eres tú?". Se echó a llorar, de la pura emoción. "Sí"-apenas le salía la voz, entrecortada y frágil como la de un niño-"sí, estoy aquí".

Todos los cielos se abrieron ante sus ojos cuando vio que la voz que le llamaba, tal y como él había soñado desde la primera vez que se encontraron, era la de él. Sintió un alivio y un amor y una pasión tan grandes, que no le dio tiempo a ver el puñal en su mano.

jueves, 5 de abril de 2012

Cazador, VI

Cuando volví en mí, noté sus ojos clavados en mi nuca. Estaba acostada en una especie de cama primitiva, dura como una piedra, recubierta con paja. Me cubría una manta tosca, áspera, como la voz del Cazador. Sabía que me estaba observando, pero aún no me sentía preparada para enfrentarme a su mirada. Para enfrentarme a mi destino. Así que hice una ronda a la habitación en la que estaba. Era claramente una cabaña, las paredes de barro, el techo de pizarra. Parecida a la que usaban los pastores del pueblo cuando iban a las montañas a cuidar de las ovejas, pero con un aspecto mucho más permanente, y por eso quizá, más sombrío. Era un hogar de una tristeza infinita, pero era un hogar. Había algo que lo decía susurrando, un lamento de soledad pero también de decisión. En esa cabaña vivía alguien con una misión. Que de repente, sabía que me incluía a mí. Y aún no sabía si era porque estaba maldita, o tocada por alguna buena estrella.


Él me dejó hacer mi ronda de reconocimiento sin hacer ni el más mínimo ruido, ni un carraspeo, ni un repiqueteo de los dedos contra una mesa, ni una respiración agitada. La habitación estaba en un silencio tan absoluto que nadie hubiera creído que alguien más que yo estaba ahí, pero yo lo sentía. Desde el instante mismo en que había cruzado mi mirada con la del cazador por primera vez, supe que siempre iba a saber dónde estaba. Siempre iba a saber si lo tenía cerca, siempre iba a sentir su presencia. Ya no tenía forma de escapar. Y por ahora no la querría aunque la tuviera. Pero todavía me faltaba girarme y mirarle, a la luz del día, descubrir de qué color eran sus ojos, su pelo, si le faltaban dientes. Me faltaba casi todo por descubrir. Y me daba pánico, me daba una sensación de vacío y de lleno a la vez, me emocionaba de tal manera que no era justo, y ya no sabía qué sentía, y de repente me había dado la vuelta casi sin pensarlo.

Y ahí, frente a mí, encontré mi destino.

Que nunca había buscado. Pero sabía que acabaría encontrándolo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Cazador, V

Subíamos la colina cada vez a mayor velocidad, era como si estuviera ansioso, como si ya no le quedara mucho tiempo para nada, como si temiera que yo me desvaneciera si no llegábamos pronto a nuestro destino. Él no miraba hacia atrás, no me hablaba, no parecía acordarse de mi existencia, pero yo sabía, notaba o intuía que estaba escuchando, que había cierta tensión en sus hombros, que no podía permitirse que yo de pronto me diera la vuelta y echara a correr rumbo a casa. De todas formas yo no pensaba en huir, por muchos motivos, porque no quería pensar en qué le pasaría a mi familia si huía del cazador, porque me sabía más lenta, débil e incapaz ante su fuerza y su destreza, y sobre todo, porque sabía que no debía huir, sabía que ahí era donde debía estar, que seguir esos pasos era para lo que había nacido y crecido en ese pueblo pequeño en mitad de la nada, donde los gritos desgarrados se perdían en el eco de los valles y la muerte se aceptaba como parte de la vida, como un destino inevitable, y todos sabían del cazador, pero nadie nunca intentaba cazarlo.

El pueblo donde un tambor podía cambiar tu vida para siempre.

Me costaba cada vez más caminar. Sentía que estaba perdiendo el aliento por momentos, que las cosas ante mis ojos se volvían borrosas y el cazador volvía a ser lo que siempre había sido: una sombra amenazadora. Todo me daba vueltas y luchaba por seguir caminando, pero mis pies no querían obedecer a mi cerebro, ni siquiera mi cerebro quería obedecer a mi cerebro, y de pronto me estaba cayendo, me estaba apagando, me apagaba y no quería apagarme, no quería dejar de funcionar, quería llegar al fin a mi destino y descubrir qué hacía yo ahí fuera, por qué el cazador había venido a por mí, qué demonios estaba pasando. Pero me apagaba, me caía, y de pronto todo estaba negro a mi alrededor.

Abrí los ojos un segundo y noté que alguien me estaba cargando en sus brazos. Tenía que ser él. Me dejé caer otra vez. 

Her terror of the clock running down...

No había marcha atrás.

No se sentía vieja, pero tampoco se sentía joven, apenas sentía que estaba ahí. Que en algún momento había llegado ahí, y había acabado quedándose a pesar de todo, de las señales que le gritaban, lloraban e imploraban que se moviera, que volviera a ser quien siempre había sido, que escapara de una vez por todas. Pero había decidido no escuchar, había decidido que ya era hora de crecer, de madurar y quedarse como si hubiera algo de malo en seguir a la deriva. Alguien le había dicho que sólo los cobardes huyen.

Y ella nunca se  había parado a pensar que irse no es lo mismo que huir.

Su trabajo no estaba mal, le gustaba algunos días, otros días le aburría enormemente. Eran ocho horas al día de hacer algo para lo que tenía preparación de sobra y ningún tipo de pasión. Pero que le daba el dinero suficiente para tener una vida cómoda, tranquila. Lo que nunca había querido. Lo que siempre le habían tratado de convencer de que quería. Tenía un marido simpático, un tipo sin problemas, no bebía demasiado, era pacífico y tranquilo, se llevaba bien con sus padres y con sus amigos. También sus amigos eran tranquilos y simpáticos. Todo muy alegre, muy relajado. Una vida de las que nunca salen en las películas, pero que en teoría todos quieren.

Se sentía acorralada. Atrapada en una tela de araña pegajosa, que se estrechaba contra su piel por las noches y hacía que se despertara con la terrible sensación de que no había nada que la salvara, que había tres pares de ojos observándola desde alguna oscuridad tan profunda que nada podría iluminarla nunca, y esperaban. Esperaban con paciencia a que ella bajara la guardia. A que su vida alegre y relajada se volviera tan relajada que ella perdiera el sensor de peligro. Y entonces atacaría. Esa araña venenosa, que poco a poco la iba envolviendo en un tejido tan viscoso, tan peligroso y cruel que podría matarla de asfixia cualquier noche.

No quería sentirse así, no quería estar acorralada. Quería ser la mujer de la vida perfecta que disfrutaba la vida perfecta, que sonreía a su marido al llegar a casa y encontrarse la cena hecha, que salía de trabajar contenta por haber oído los últimos cotilleos de sus compañeras, que quedaba para jugar al tenis con otras parejas de amigos los fines de semana. Quería que todo eso la llenara como se suponía que tenía que llenarla. Pero no lo hacía.

Pero había algo, un latido, un temblor, una eterna sensación de libertad en la sola idea de coger la maleta y no mirar siquiera a dónde iba el próximo tren, aparecer en China, en Francia, en el pueblo de al lado, pero dispuesta a empezar de cero, como había sido antes, como nunca le había dado miedo hacer cuando era más joven, como siempre, siempre había correteado por sus venas, mezclado con las plaquetas, con cada partícula de oxígeno que respiraba, con todas y cada una de las gotas de su sangre. Esa sangre que se le helaba ahora al sólo pensar en su vida.

Cuando su marido llegó a casa aquella noche, no faltaba nada. La maleta estaba en su sitio, toda la ropa, todas las joyas y el dinero. Los objetos personales, las fotos y los recuerdos. Nada indicaba que hubiera huido, que al fin se hubiera escapado de esa vida que todo el mundo pensaba perfecta. Y sin embargo lo había hecho. 

Cuando la policía vino a llevarse el cadáver, no quedaba ni una telaraña en toda la casa. 

Cazador, IV

Pero había un motivo por el que los tambores me habían llamado con tanta urgencia, había un destino que iba a cumplirse esa noche, y ese destino no implicaba ni mis armas ni mi muerte. “Por fin”, dijo, y echó a caminar en dirección contraria al pueblo. No dijo ni una palabra más antes de darse la vuelta, simplemente echó a caminar, y yo, aún fascinada por su voz de raíz, su voz de serpiente del paraíso, esa voz hipnótica, grave y animal, no tuve más remedio que seguirle. Los tambores habían cesado en mi cabeza (me parece que seguían vivos en el horizonte, pero ¿cómo estar segura? Yo sólo podía escuchar un eco: el eco de su voz diciéndome “por fin”: nadie nunca había esperado por mí antes.), sustituidos por un eterno “por fin” que ya nunca podré sacarme.

Mis pies se sentían cada vez más ligeros, tenía ganas de corretear a su lado, de hacerle mil preguntas (de repente todo mi miedo se había convertido en curiosidad), pero sabía que no era apropiado, sabía que por más que esa noche no fuera la de mi muerte, tampoco debía tentar a la suerte, y que más vale no jugar con un cazador. Así que me mantuve a una distancia prudencial y fui siguiendo sus pasos, por algún motivo intentando encajar mi pie en las huellas que él iba dejando. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el corazón se me encogió un poco, y seguí caminando, de nuevo sombría, mis pies pesados como si hubiera atado plomo a cada bota. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde iba? ¿Qué decía aquel “por fin”, qué implicaciones tenía? ¿Por qué hoy, después de diecisiete años, apenas semana y media después de mi cumpleaños?

viernes, 23 de marzo de 2012

Cazador, III

Eché a correr ladera arriba, en la dirección de la que venían los tambores. En su búsqueda. Tal vez si lo encontraba antes de que le diera tiempo a bajar al pueblo, podría evitar una nueva matanza. ¿A cambio de mi vida? ¿A cambio de la suya? ¿Derramaríamos ríos de sangre, o nos sabríamos tan iguales al vernos que nos dejaríamos marchar, sin más? Mientras me preguntaba todo eso, los tambores resonaban más cerca, y se unían a mi temblor. Cada vez más dentro de mis oídos, más dentro, más profundo. Los sentía vibrar en mi interior, y sabía que no era miedo, sabía que no era miedo. Aunque no sabía qué era. Sólo sabía que tenía que seguir corriendo, que tenía que seguir yendo en su dirección, que había un destino a punto de cumplirse y quizá fuera el mío.

Me estaba esperando. Nadie le había avisado de mi llegada, pero él me estaba esperando. Me miró con sus ojos enormes, mucho más tranquilos de lo que yo esperaba, sosegados, pero hirientes. Tenía la boca más grande, más increíble que he visto en mi vida. Sin duda lo que yo hubiera imaginado si alguien me hubiera hablado alguna vez de “la boca del cazador”. Me estaba esperando de pie en lo alto de la colina, desarmado, apacible. No tenía una actitud hostil, no parecía dispuesto a atacarme. Me alegré, porque yo no llevaba ningún arma conmigo. Seguramente porque no sabía a qué me iba a enfrentar, porque no me había parado a pensar ni por un segundo en qué pasaría si él intentaba matarme, porque no había pensado en absoluto. Sólo había actuado, me había movido mucho más rápido de lo que mi cerebro nunca ha sido capaz de moverse, y de repente, al sentirme aliviada por verle desarmado, me di cuenta de lo irresponsable que había sido.

lunes, 19 de marzo de 2012

Cazador, II

Yo dormía tranquila hasta que el tambor me despertó. No era la primera vez que lo oía, pero esta vez me pareció que tenía un ritmo diferente, una especie de retintín que me llamaba, a mí, sabía que era a mí. También sabía que, cuando el cazador despertaba, todos teníamos que encerrarnos en casa y rezar por que pasara de largo ante nuestra puerta. Pero me estaba llamando, yo lo oía, lo sabía. Y la música era demasiado excitante, la tentación demasiado fuerte, como para volver a trancar las ventanas y silenciar a mis instintos. Así que abrí la ventana de atrás, la que nadie estaba vigilando (todos sabían que si escogía a mi familia, entraría por la puerta principal; también sabían que no dejaría testigos, que la sangre atraería a los carroñeros y así en el pueblo sabrían lo que había pasado, unos días más tarde, y vendrían a recoger los cuerpos y los lanzarían río abajo, como siempre, como una vez al año aproximadamente, desde mi nacimiento -extraño destino que lo hizo llegar al pueblo días después de que yo naciera- hasta mis diecisiete años bastante bien puestos), y me escabullí. Sabía que entre colocar los tablones en las ventanas, darle la vuelta a todas las llaves de todas las cerraduras, y temblar, todavía tenía al menos una hora antes de la reagrupación y el recuento. Y para entonces nadie se atrevería a salir a buscarme, porque el cazador ya estaría de camino.

Noté el frío de la noche en cuanto mis pies tocaron el suelo. Ni siquiera mis gruesas botas fueron capaces de protegerme. Un temblor que venía de muy antiguo y duraría seguramente muchos siglos después de que yo muriera me recorrió todo el cuerpo, empezando en la espalda, en la espina dorsal, allí en el centro de todos mis movimientos, y se fue expandiendo a cada músculo, a cada tendón, al hueso y más allá, al tuétano, al centro mismo de cada partícula de mi ser. Un temblor como ningún otro, jamás, había sentido. Un temblor que sabía a sangre, que tenía una y mil tormentas en su interior, un temblor de animal o de tierra entera, no un temblor humano, algo más allá.

Era la hora, el cazador había despertado, pero yo ya llevaba años esperándolo.

Cazador, I

Se escuchan tambores en la lejanía. Tam-tam, tam-tam, tam-tam. Cada vez se oyen más fuertes, más fuertes, más fuertes. El corazón lo nota: el pulso se acelera, las sienes laten al mismo ritmo misterioso y frenético del tambor, todo el cuerpo empieza a sudar como después de una hora de danza incesante, ancestral, primaria. El tambor mientras tanto sigue amenazando, siempre más inquietante que en el segundo anterior, siempre más intenso.
La brisa se para un segundo. Llevaba toda la noche meciéndose suavemente sobre la colina, acariciando a todos los que allí dormían, pero ahora se frena, como asustada. Todos los ruidos que precedían al tambor (los grillos, las hojas de los árboles, la dulce música de las noches de verano) también. La piel se tensa, los músculos se contraen en una mueca aterrorizada, parece que en cualquier momento la piel del pecho se va a rajar para que el corazón al fin eche a correr, que es lo que lleva pidiendo ya unos minutos.  

Es la hora. El cazador ha despertado. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Era un hombre alto, espigado. Mi recuerdo de él es que era muy guapo, pero yo era una niña y quizá me equivocaba. Seguro que años después lo dejó de ser, de todas formas. Si sigue vivo, que no lo sé, seguramente esté tan ajado que ni se le reconozca. De todas formas hace muchos años que no lo veo, y prefiero que sea así.

Para mí era un misterio. Conmigo era dulce y simpático, pero después oí tantas historias sobre su crueldad, sus malas acciones y su debilidad, que ya no sabía qué creer. Creo que aún me acuerdo de él porque fue la primera persona a la que le conocí dos caras. Después vendrían muchos más, historias mucho más tristes y personales para mí, pero él fue el primero.

La gente así te hace crecer, supongo. Cuando eres niña todo el mundo es bueno o malo, en términos absolutos, y después llega la vida y te jode todos los esquemas. Y es cuando oyes que ese hombre que contigo siempre era amable y sonriente se dedicaba a pegar a su mujer en cuanto se quedaban a solas. Y a amenazar a sus hijas, y a gastarse todo el dinero de la familia en alcohol, primero, y en otras drogas, después, según íbamos creciendo. Terrible. Pero real.

Y así también aprendí que la vida es y no es como en las películas.

Lo es porque las cosas malas pasan, como en las películas, y son aún más tristes de lo que nos enseñan. Pero en la vida no viene un héroe atractivo y fuerte a salvar a nadie. En la vida una se tiene que salvar sola, por si acaso no llega nadie. Esperar al héroe no puede traer nada bueno. Y eso lo aprendes por la vía mala, y eso lo aprendes en la gente a la que quieres. Y también aprendes que es la gente a la que quieres la que se puede convertir en el monstruo de la película.

En mi imaginación, Sayid se convirtió en una leyenda negra. Nunca antes había conocido a un drogadicto (teniendo en cuenta que se fue cuando yo tenía catorce años, creo que es razonable), y tenía algo de prohibido y muy atractivo a la vez. Como un incendio al que quieres tirar toda tu vida para empezar de cero. Sabes que va a quemar, y que una vez mandado todo al carajo ya no puedes recuperarlo, pero aún así barajas la posibilidad. Que conste que no estoy diciendo que barajara la posibilidad de empezar a drogarme, de convertirme en alguien como él. Pero hablo de la fascinación que me causaba, como rara avis que era en mi vida. Sin que las personas que me rodeaban directamente dejaran de ser extrañas y únicas; pero él era alguien de quien hablaban en la televisión. Alguien que salía en las novelas. Alguien que formaba parte de un problema grande de la sociedad que desde siempre me ha fascinado. Y aterrorizado.

Y formaba parte de mi vida, pero de una manera tan indirecta que no me quemaba. Apenas sentía las cenizas de sus acciones caer sobre mí cuando escuchaba sus historias, cuando era yo quien ponía los oídos y los brazos para recoger a la amiga que sí estaba ardiendo en el medio de aquel infierno. Ella tiene cicatrices de por vida, yo apenas conservo el miedo al fuego. Como cuando tus vecinos pierden a un familiar en un accidente de coche y tú le coges miedo a conducir sólo porque ves su dolor, de cerca y con cierta curiosidad, pero desde una barrera de protección que es la vida propia, de la que hay que preocuparse desde la inmediatez. Y tampoco mi infancia era un camino de rosas, y menos aún me lo parecía entonces. Ahora, evidentemente, no me atrevería a compararme; sé que con mis altos y mis bajos siempre estuve en una suave colina en contraste con mi amiga.

Nadie sabe muy bien el paradero exacto de Sayid ahora. Es posible que haya muerto. La última vez que supimos de él estaba bastante hecho polvo, al fin y al cabo, así que supongo que es lo que cabría esperar. Me pregunto si alguna vez habrá recuperado el rumbo. Si se habrá parado a pensar en lo que le hizo a su familia, en las marcas en la piel que en realidad son marcas en la mirada solamente. Si será capaz de arrepentirse, o de sentir pena por ellas. Quiero creer que sí, porque quiero creer que todos tenemos ese don, el de ser humanos. Pero a veces dudo. A veces dudo de todo y de todos.

Tal vez algún día me lo encuentre, quién sabe, mientras paseo por la ciudad. Me pregunto si seguirá siendo aquel hombre alto, espigado. Si seguirá siendo tan guapo como en mi recuerdo, el recuerdo de aquella niña que aún miraba fascinada al fuego y no pensaba en el seguro para incendios.

Una noche, en la ciudad, me juraste que no me amarías

Historias de una noche las tenemos todos, al menos llegados a cierta edad.

Siempre pensé que se llamaban historias por lo que tienen de ficticio, de poder inventarse sólo por esa noche, cuando delante de un completo desconocido eres tan sólo una completa desconocida, que puede ser ella misma o Salomé o Blancanieves o Lillith o Eva, si le apetece (siempre, siempre es mejor escoger ser Lillith, si no vas a ser tú misma, claro). Un cuerpo de mujer buscando un cuerpo de hombre (o de mujer, eso lo dejo a la elección de cada cual), como en las peores novelas de portada discutible. Una invención del sexo, del amor aunque sólo sea por unas horas, de la pasión y la satisfacción, de todo lo que podemos imaginar pero rara vez nos atrevemos a ser y hacer.

Una historia de una noche es el microrrelato más elaborado del mundo.

Y así salí a buscarte aquella noche, con mis inspiraciones frustradas de novelista dispuesta a encontrar una historia que valiera la pena contar. De lo que quizá no me daba cuenta es de que prácticamente cualquier historia merece ser contada, siempre que se haga con la pasión precisa. Ni más, ni menos, sólo la precisa. Y de eso sabía ya bastante, y aquella noche aprendí más.

En el momento en que nos miramos supe que podía dejar de buscar, porque nos habíamos escogido. No había vuelta de hoja, era así. Tú y yo íbamos a acabar la noche metidos en un taxi anónimo, yendo a tu casa porque yo me quedaba en una pensión poco menos que de mala muerte, quizá de la mano, sonriéndonos nerviosos como si no hubiéramos bailado el mismo baile un millón de veces, como si no hubiéramos compartido taxis con desconocidos antes, como si la desnudez a la que nos íbamos a enfrentar en breves fuera a desnudarnos por completo, como si hubiera una remota posibilidad de enamorarnos. Qué curiosos son los nervios de las historias de una noche; no son los nervios de hablar con alguien con quien ves un futuro, pero tampoco es la inseguridad de conocer a alguien por la primera vez. Son unos nervios medio de mentira, casi más impuestos que sentidos de verdad, porque al fin y al cabo qué importa, dime, qué nos importa a ti y a mí cómo acabe resultando el asunto. Si al final voy a coger otro taxi, éste yo sola y sin darte la mano, con esa pequeña sensación de vacío y a la vez esa plenitud extrema de después. Llena de nicotina y sonriendo, seguramente. Pero sola y sin remordimientos. Como debe ser.

Hay viajes en taxi que pueden cambiar una vida, pero éste no será uno de ellos.

Y acabamos la noche como habíamos predicho los dos nada más vernos. Qué emoción más extraña, qué alegría más tonta. Qué pasión más desmedida. Todo para mirarnos a los ojos al terminar y darnos cuenta de que seguíamos siendo unos completos desconocidos. Te di mi teléfono, no quería que llamaras. Lo apuntaste, dijiste que llamarías, sabías que no lo harías. Y así escribimos un relato sencillo, sin complicaciones. Pero con una prosa placentera, agradable. No cambiará la vida de nadie por leer nuestra historia, pero es una buena lectura para las tardes de metro, para que recuerdes durante unos días o unas semanas y luego volvamos a nuestras vidas como si no importara que no exista el mundo paralelo en el que convertimos el microrrelato en novela.

Cuántos cuentos empiezan y acaban en una sola página.

Como éste.

Esa sensación de tener que explicar cada acto más pequeño

... al menos en lo que a escribir se refiere. Siento que todo necesita una excusa, una motivación, una razón de ser. Cuando en realidad escribo porque siento que quiero escribir, que me apetece decir algo; ni siquiera compartirlo con el mundo, sino simplemente dejarlo por escrito. A veces son cosas propias, otras cosas ajenas, otras veces son puros inventos.

Porque no todo es poesía, por eso escribo aquí. Si vienes de mi otro blog sabrás que escribo poesía con relativa frecuencia, que me gusta aunque a veces soy torpe, que mi poesía se basa en música la mayoría de las veces (rara vez he escrito un poema antes de escoger la canción con la que iría), y que soy tímida al respecto. Si vienes aquí rebotado de otras páginas o por pura casualidad o porque yo te dije que entraras, bienvenido y espero que te quedes, aunque no sé muy bien por qué.

No tomes esta primera entrada como representativa de lo que vas a encontrar aquí. Mi idea es convertir este blog en un paralelo a mi blog de poesía, pero para prosa. Así que verás cuentos e historias seguramente tristes por aquí. Quizá de vez en cuando opiniones, yo qué sé, pero supongo que ante todo ficción. Sé que no sueno muy segura de mí misma, pero es que no tengo ni idea de cómo va a acabar siendo esto. Como casi siempre, es experimental, porque la vida es mucho más divertida por el viejo método de ensayo y error. Y creo que la prosa me dará una libertad que la poesía no me da tanto, aunque no sepa explicar por qué.

En fin. Todo esto para darte la bienvenida. Para darnos la bienvenida, que también yo la necesito. Espero que disfrutes de la lectura de este blog tanto como yo voy a disfrutar de su escritura. Bienvenido. Bienvenida.