viernes, 23 de marzo de 2012

Cazador, III

Eché a correr ladera arriba, en la dirección de la que venían los tambores. En su búsqueda. Tal vez si lo encontraba antes de que le diera tiempo a bajar al pueblo, podría evitar una nueva matanza. ¿A cambio de mi vida? ¿A cambio de la suya? ¿Derramaríamos ríos de sangre, o nos sabríamos tan iguales al vernos que nos dejaríamos marchar, sin más? Mientras me preguntaba todo eso, los tambores resonaban más cerca, y se unían a mi temblor. Cada vez más dentro de mis oídos, más dentro, más profundo. Los sentía vibrar en mi interior, y sabía que no era miedo, sabía que no era miedo. Aunque no sabía qué era. Sólo sabía que tenía que seguir corriendo, que tenía que seguir yendo en su dirección, que había un destino a punto de cumplirse y quizá fuera el mío.

Me estaba esperando. Nadie le había avisado de mi llegada, pero él me estaba esperando. Me miró con sus ojos enormes, mucho más tranquilos de lo que yo esperaba, sosegados, pero hirientes. Tenía la boca más grande, más increíble que he visto en mi vida. Sin duda lo que yo hubiera imaginado si alguien me hubiera hablado alguna vez de “la boca del cazador”. Me estaba esperando de pie en lo alto de la colina, desarmado, apacible. No tenía una actitud hostil, no parecía dispuesto a atacarme. Me alegré, porque yo no llevaba ningún arma conmigo. Seguramente porque no sabía a qué me iba a enfrentar, porque no me había parado a pensar ni por un segundo en qué pasaría si él intentaba matarme, porque no había pensado en absoluto. Sólo había actuado, me había movido mucho más rápido de lo que mi cerebro nunca ha sido capaz de moverse, y de repente, al sentirme aliviada por verle desarmado, me di cuenta de lo irresponsable que había sido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario