Le intenté preguntar algo. Todo. Nada. Cualquier cosa.
Pero no me salía la voz. Abrí la boca y me esforcé, me esforcé mucho, por emitir unas cuantas palabras que preguntaran alguna de las muchas cosas que tenía que preguntar (quién eres, de dónde eres, por qué mi pueblo, por qué yo, ¿estamos destinados a casarnos?¿somos hermanos en secreto?¿mi familia te ha hecho algo imperdonable?¿cuánto tiempo llevabas sin sonreír hasta hoy?¿dónde estamos, qué vamos a hacer, qué está pasando?¿tienes alguna respuesta?), pero mi voz había desaparecido.
Sus ojos curiosos e imposibles se entrecerraron un instante. Yo pensé, "¿Y si me ha quitado la voz para siempre?". Durante un segundo el pánico se hizo más fuerte que la lógica, que la irracionalidad, que nada. Y él lo supo. Lo vio en mis ojos.
Se acercó a mí despacio, con las manos en alto, como si se acercara a un loco con una escopeta.
Vi en sus ojos que no era culpa suya, que él no había hecho nada para quitarme la voz. Respiré con calma. Supuse que estaba afónica por andar en el frío toda la noche.
O por su mirada.