Nunca llueve tanto como en casa.
Lo más relajante del mundo es sentarse a mirar cómo llueve, con una taza de té en una mano y un buen libro en la otra, en casa, sintiéndose en casa, sintiéndose a salvo, y cálida, y cómoda.
Pero por otro lado, cuando el mundo se deshace en pequeñas lágrimas por fuera de la ventana, no hay nada más liberador que salir y empaparse en ese llanto imposible, fuerte, frío, limpio. Notar cómo poco a poco el pelo se va pegando a la cabeza, la ropa al cuerpo, la alegría al alma. Es otro mundo, es otra vida. Es la libertad que llama, que llora gritando tu nombre, que quiere empaparte para que la sientas en todo su esplendor.
No hagas oídos sordos a su llamada.
No todo es poesía
jueves, 23 de mayo de 2013
jueves, 22 de noviembre de 2012
Cazador, VIII
Le intenté preguntar algo. Todo. Nada. Cualquier cosa.
Pero no me salía la voz. Abrí la boca y me esforcé, me esforcé mucho, por emitir unas cuantas palabras que preguntaran alguna de las muchas cosas que tenía que preguntar (quién eres, de dónde eres, por qué mi pueblo, por qué yo, ¿estamos destinados a casarnos?¿somos hermanos en secreto?¿mi familia te ha hecho algo imperdonable?¿cuánto tiempo llevabas sin sonreír hasta hoy?¿dónde estamos, qué vamos a hacer, qué está pasando?¿tienes alguna respuesta?), pero mi voz había desaparecido.
Sus ojos curiosos e imposibles se entrecerraron un instante. Yo pensé, "¿Y si me ha quitado la voz para siempre?". Durante un segundo el pánico se hizo más fuerte que la lógica, que la irracionalidad, que nada. Y él lo supo. Lo vio en mis ojos.
Se acercó a mí despacio, con las manos en alto, como si se acercara a un loco con una escopeta.
Vi en sus ojos que no era culpa suya, que él no había hecho nada para quitarme la voz. Respiré con calma. Supuse que estaba afónica por andar en el frío toda la noche.
O por su mirada.
Pero no me salía la voz. Abrí la boca y me esforcé, me esforcé mucho, por emitir unas cuantas palabras que preguntaran alguna de las muchas cosas que tenía que preguntar (quién eres, de dónde eres, por qué mi pueblo, por qué yo, ¿estamos destinados a casarnos?¿somos hermanos en secreto?¿mi familia te ha hecho algo imperdonable?¿cuánto tiempo llevabas sin sonreír hasta hoy?¿dónde estamos, qué vamos a hacer, qué está pasando?¿tienes alguna respuesta?), pero mi voz había desaparecido.
Sus ojos curiosos e imposibles se entrecerraron un instante. Yo pensé, "¿Y si me ha quitado la voz para siempre?". Durante un segundo el pánico se hizo más fuerte que la lógica, que la irracionalidad, que nada. Y él lo supo. Lo vio en mis ojos.
Se acercó a mí despacio, con las manos en alto, como si se acercara a un loco con una escopeta.
Vi en sus ojos que no era culpa suya, que él no había hecho nada para quitarme la voz. Respiré con calma. Supuse que estaba afónica por andar en el frío toda la noche.
O por su mirada.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Life is a carnivore
But you make me feel larger than life. So I'm a bigger carnivore than life is.
Hay que despertarse con hambre por las mañanas, porque si no, es cierto, la vida te devora. Poco a poco va hincando sus dientes oscuros, profundos y afilados en tu carne, y al principio puede que no veas la herida. O puede que sea un mordisco sensual, carnal, de esos que te ponen la piel de gallina y dejan a cada una de tus células esperando, anticipando dónde se volverá a clavar, disponiendo tu cuerpo tan largo y ancho es para dejarlo a su entera disposición. "Aquí, vida. Muerde todo lo que quieras. Sígueme haciendo sentir tan viva, tan consciente de las dentelladas, tan despierta en tus brazos".
Pero poco a poco, si no mordemos de vuelta, la rutina se instala y los mordiscos pierden su lado placentero, y empiezan a doler. Es sutil. Más parece que nos roe, la vida; que lentamente va descarnando nuestros cuerpos, de una forma tan velada que casi ni nos damos cuenta, hasta que somos poco más que huesos porque la vida se ha llevado nuestra carne, lo que nos tenía en pie y nos hacía movernos.
Así que recuerda siempre morder, devolverle la pasión que te ofrece, para no perder nunca la ilusión; para no quedarte en los huesos; para seguir siendo carnal. Porque la vida exige su carne, pero si le contestas con la misma pasión, nunca dejará de ser placentero, nunca llegará a roerte hasta la extinción. Si devoras la vida tanto como ella te devora a ti, el equilibrio ya no parece tan imposible. Y no, no te hará inmortal, pero te hará feliz.
Así que aprende la lección. La vida es carnívora. Pero tú puedes ser omnívoro si quieres.
Hay que despertarse con hambre por las mañanas, porque si no, es cierto, la vida te devora. Poco a poco va hincando sus dientes oscuros, profundos y afilados en tu carne, y al principio puede que no veas la herida. O puede que sea un mordisco sensual, carnal, de esos que te ponen la piel de gallina y dejan a cada una de tus células esperando, anticipando dónde se volverá a clavar, disponiendo tu cuerpo tan largo y ancho es para dejarlo a su entera disposición. "Aquí, vida. Muerde todo lo que quieras. Sígueme haciendo sentir tan viva, tan consciente de las dentelladas, tan despierta en tus brazos".
Pero poco a poco, si no mordemos de vuelta, la rutina se instala y los mordiscos pierden su lado placentero, y empiezan a doler. Es sutil. Más parece que nos roe, la vida; que lentamente va descarnando nuestros cuerpos, de una forma tan velada que casi ni nos damos cuenta, hasta que somos poco más que huesos porque la vida se ha llevado nuestra carne, lo que nos tenía en pie y nos hacía movernos.
Así que recuerda siempre morder, devolverle la pasión que te ofrece, para no perder nunca la ilusión; para no quedarte en los huesos; para seguir siendo carnal. Porque la vida exige su carne, pero si le contestas con la misma pasión, nunca dejará de ser placentero, nunca llegará a roerte hasta la extinción. Si devoras la vida tanto como ella te devora a ti, el equilibrio ya no parece tan imposible. Y no, no te hará inmortal, pero te hará feliz.
Así que aprende la lección. La vida es carnívora. Pero tú puedes ser omnívoro si quieres.
lunes, 30 de abril de 2012
Ahora dicen que ya no tienes derecho a la asistencia médica. Ahora resulta que hay ciertos humanos que sí son ilegales, que no tienen los mismos derechos que los demás. Ahora resulta que ese país de mierda que yo abandoné pocos años después de que tú llegaras te vuelve la espalda, una vez más, como si no te hubieran hecho sufrir lo suficiente ya, como si alguna vez te lo hubieran puesto fácil. Ahora ni lo más básico te van a permitir, el derecho a estar bien, el derecho a sobrevivir, a que te ayuden cuando más lo necesitas. Ahora estás solo.
Pero no estás solo, y eso tienes que recordarlo. Tienes que recordar que aunque el maldito Estado te dé la espalda como si no fueras un ser humano, quedamos nosotros. Los que te miramos y no vemos una estadística. No vemos un número más. No vemos un objeto que nos quita recursos, no vemos un gasto económico. Te miramos y vemos tus ojos, tus ojos oscuros y profundos. Vemos una sonrisa que sorprendentemente resiste a los golpes que te dan a derecha e izquierda. Te miramos y vemos que dentro de ese pecho flaco hay un corazón que merece asistencia, que merece ayuda, que merece todo lo que le podamos ofrecer.
Te miramos y vemos un ser humano. No lo olvides. No lo olvides nunca, porque se acercan tiempos oscuros. Tiempos en los que necesitarás saber que hay gente que te quiere exactamente donde estás, gente que espera poder ayudarte tanto como tu existencia nos ayuda a nosotros. Necesitarás la esperanza de pensar que hay esperanza.
Y estaremos ahí. No lo olvides.
No me olvides, como yo no te olvido a ti.
Pero no estás solo, y eso tienes que recordarlo. Tienes que recordar que aunque el maldito Estado te dé la espalda como si no fueras un ser humano, quedamos nosotros. Los que te miramos y no vemos una estadística. No vemos un número más. No vemos un objeto que nos quita recursos, no vemos un gasto económico. Te miramos y vemos tus ojos, tus ojos oscuros y profundos. Vemos una sonrisa que sorprendentemente resiste a los golpes que te dan a derecha e izquierda. Te miramos y vemos que dentro de ese pecho flaco hay un corazón que merece asistencia, que merece ayuda, que merece todo lo que le podamos ofrecer.
Te miramos y vemos un ser humano. No lo olvides. No lo olvides nunca, porque se acercan tiempos oscuros. Tiempos en los que necesitarás saber que hay gente que te quiere exactamente donde estás, gente que espera poder ayudarte tanto como tu existencia nos ayuda a nosotros. Necesitarás la esperanza de pensar que hay esperanza.
Y estaremos ahí. No lo olvides.
No me olvides, como yo no te olvido a ti.
lunes, 9 de abril de 2012
Cazador, VII
Me miraba con una mezcla entre curiosidad e impaciencia. La parte de la impaciencia la podía entender, porque según él mismo me había dicho la noche anterior, llevaba mucho tiempo esperándome, pero no sabía qué era esa curiosidad. En mi inconsciencia eterna, o quizá en mi afán de creerme mucho más importante de lo que soy, pensaba que el cazador ya lo sabría todo sobre mí, que llevaría años observándome, siguiendo cada uno de mis movimientos hasta el momento en que yo estuviera preparada y fuera a él por mi propio pie. Pero viendo esa curiosidad en sus ojos me di cuenta de que no era así. Pero que sí era yo. No había sido un accidente, no había sido una casualidad. Era yo. Estaba allí porque tenía que estar allí, tal y como sospechaba desde aquel primer redoble del tambor.
Sin embargo, no hizo ninguna pregunta. Me tendió una taza con algo que olía ligeramente a café, mezclado con hierbas que ni siquiera quiero pensar qué eran, y me sonrió. Era una sonrisa que no esperaba. Era tierna, en realidad, aunque era evidente que no la usaba mucho, que no estaba acostumbrado a sonreír. Seguramente llevara años sin sonreír a nadie, pensé. Quién sabe. Pero no era el momento de preguntar. Así que acepté la sonrisa y, dentro de la confusión en la que me encontraba con respecto a todo, le intenté devolver una propia. Sé que fue poco más que una mueca, pero también sé que él la supo interpretar. Tomé el café de sus manos y no pude evitar notar la aspereza en ellas. Me preguntaba si habría algo en ese hombre que no fuera áspero, pero entonces recordé (como si ya lo hubiera podido olvidar; pero en esos días todo era tan nuevo, raro y terrorífico que cada nueva emoción me hacía olvidar la anterior) su sonrisa, su tierna sonrisa, y decidí no seguir juzgando antes de descubrir qué estaba pasando. Decidí olvidar que ese hombre llevaba diecisiete años asesinando a mi gente a sangre fría, que nunca dejaba pruebas, que era frío y calculador, que su crueldad no conocía límites. Decidí olvidar todo eso.
Decidí dejar por un segundo al cazador, y centrarme en el hombre.
Hay errores que te pueden perseguir toda una vida. Pero hay aciertos que pueden cambiar toda tu vida.
domingo, 8 de abril de 2012
"No mires a los lados, Juan"
No era fácil caminar por esa cueva. Estaba oscura, y la linterna que llevaba con él no tenía mucho alcance. Apenas el suficiente para alumbrar el camino que tenía por delante. La precaución era más que necesaria, porque el camino era estrecho y había muchas rocas que podrían romperle un tobillo si tropezaba. Un tobillo era una cosa seria. Nunca saldría de ahí con vida si se hacía daño.
La mente, ese instrumento tan inútil a veces, tan inoportuno, decidió llevarle al comienzo de la historia. Todo por impresionar a un chico. Qué chico, por otra parte. Piel morena y suave, ojos verdes como una piedra demasiado preciosa como para tener nombre siquiera. Una sonrisa que retaba a cualquiera. En este caso a Juan. Pues claro que lo intentaré, dijo. Cruzaré la cueva. ¿Tú irás delante? ¿La expedición será grande?
Una expedición de quince personas. No era de esperar que pasara nada. Juan estaba seguro de que al final se lo pasaría muy bien, aunque nunca había sido un gran aventurero. Pero valía la pena, sólo al ver la sonrisa en aquellos ojos tan imposiblemente verdes supo que valía la pena haber dicho que sí. Sólo había que pensar en lo que pasaría después de la cueva.
Pero en algún momento, en algún recoveco que nunca más sería capaz de reconocer, perdió a los demás. Se puso nervioso y empezó a caminar solo, gritando, pero las paredes sólo le devolvían el eco de su voz. De su voz asustada. De su voz desesperada. Ecos con muy poca esperanza, la cueva era profunda, el camino oscuro, su preparación escasa. No quería morir en esa cueva. No quería morir. Por eso siguió caminando. Mejor no mirar a los lados por si acaso. Mejor seguir mirando al frente.
"No mires a los lados, Juan". Se lo repetía a sí mismo una y otra vez. Tenía pánico a la oscuridad. Nunca había tenido miedo a los espacios cerrados, pero algo le hacía intuir que eso iba a cambiar. Si salía de ésta, claro. Por si acaso, no mirar a los lados y seguir caminando. En algún momento tendrá que aparecer la luz del sol al fondo. Y si no, maldita sea mi suerte. Todo por un chico. Con lo fácil que hubiera sido inventarse una lesión, decirle que mejor si iban a tomar un café para conocerse un poco y dejar las aventuras para más adelante, cuando la chispa de acabar de conocerse hubiera pasado. Maldita suerte. Malditos ojos verdes.
Volvió a gritar, sin mucha esperanza, pero por si acaso. "¿Hola? ¿Me puede oír alguien?". Nada. "¡Hola! ¡Por favor! ¿Hay alguien?". Y entonces su corazón dio un vuelco. "¡Aquí! ¡Juan! ¿Eres tú?". Se echó a llorar, de la pura emoción. "Sí"-apenas le salía la voz, entrecortada y frágil como la de un niño-"sí, estoy aquí".
Todos los cielos se abrieron ante sus ojos cuando vio que la voz que le llamaba, tal y como él había soñado desde la primera vez que se encontraron, era la de él. Sintió un alivio y un amor y una pasión tan grandes, que no le dio tiempo a ver el puñal en su mano.
No era fácil caminar por esa cueva. Estaba oscura, y la linterna que llevaba con él no tenía mucho alcance. Apenas el suficiente para alumbrar el camino que tenía por delante. La precaución era más que necesaria, porque el camino era estrecho y había muchas rocas que podrían romperle un tobillo si tropezaba. Un tobillo era una cosa seria. Nunca saldría de ahí con vida si se hacía daño.
La mente, ese instrumento tan inútil a veces, tan inoportuno, decidió llevarle al comienzo de la historia. Todo por impresionar a un chico. Qué chico, por otra parte. Piel morena y suave, ojos verdes como una piedra demasiado preciosa como para tener nombre siquiera. Una sonrisa que retaba a cualquiera. En este caso a Juan. Pues claro que lo intentaré, dijo. Cruzaré la cueva. ¿Tú irás delante? ¿La expedición será grande?
Una expedición de quince personas. No era de esperar que pasara nada. Juan estaba seguro de que al final se lo pasaría muy bien, aunque nunca había sido un gran aventurero. Pero valía la pena, sólo al ver la sonrisa en aquellos ojos tan imposiblemente verdes supo que valía la pena haber dicho que sí. Sólo había que pensar en lo que pasaría después de la cueva.
Pero en algún momento, en algún recoveco que nunca más sería capaz de reconocer, perdió a los demás. Se puso nervioso y empezó a caminar solo, gritando, pero las paredes sólo le devolvían el eco de su voz. De su voz asustada. De su voz desesperada. Ecos con muy poca esperanza, la cueva era profunda, el camino oscuro, su preparación escasa. No quería morir en esa cueva. No quería morir. Por eso siguió caminando. Mejor no mirar a los lados por si acaso. Mejor seguir mirando al frente.
"No mires a los lados, Juan". Se lo repetía a sí mismo una y otra vez. Tenía pánico a la oscuridad. Nunca había tenido miedo a los espacios cerrados, pero algo le hacía intuir que eso iba a cambiar. Si salía de ésta, claro. Por si acaso, no mirar a los lados y seguir caminando. En algún momento tendrá que aparecer la luz del sol al fondo. Y si no, maldita sea mi suerte. Todo por un chico. Con lo fácil que hubiera sido inventarse una lesión, decirle que mejor si iban a tomar un café para conocerse un poco y dejar las aventuras para más adelante, cuando la chispa de acabar de conocerse hubiera pasado. Maldita suerte. Malditos ojos verdes.
Volvió a gritar, sin mucha esperanza, pero por si acaso. "¿Hola? ¿Me puede oír alguien?". Nada. "¡Hola! ¡Por favor! ¿Hay alguien?". Y entonces su corazón dio un vuelco. "¡Aquí! ¡Juan! ¿Eres tú?". Se echó a llorar, de la pura emoción. "Sí"-apenas le salía la voz, entrecortada y frágil como la de un niño-"sí, estoy aquí".
Todos los cielos se abrieron ante sus ojos cuando vio que la voz que le llamaba, tal y como él había soñado desde la primera vez que se encontraron, era la de él. Sintió un alivio y un amor y una pasión tan grandes, que no le dio tiempo a ver el puñal en su mano.
jueves, 5 de abril de 2012
Cazador, VI
Cuando volví en mí, noté sus ojos clavados en mi nuca. Estaba acostada en una especie de cama primitiva, dura como una piedra, recubierta con paja. Me cubría una manta tosca, áspera, como la voz del Cazador. Sabía que me estaba observando, pero aún no me sentía preparada para enfrentarme a su mirada. Para enfrentarme a mi destino. Así que hice una ronda a la habitación en la que estaba. Era claramente una cabaña, las paredes de barro, el techo de pizarra. Parecida a la que usaban los pastores del pueblo cuando iban a las montañas a cuidar de las ovejas, pero con un aspecto mucho más permanente, y por eso quizá, más sombrío. Era un hogar de una tristeza infinita, pero era un hogar. Había algo que lo decía susurrando, un lamento de soledad pero también de decisión. En esa cabaña vivía alguien con una misión. Que de repente, sabía que me incluía a mí. Y aún no sabía si era porque estaba maldita, o tocada por alguna buena estrella.
Él me dejó hacer mi ronda de reconocimiento sin hacer ni el más mínimo ruido, ni un carraspeo, ni un repiqueteo de los dedos contra una mesa, ni una respiración agitada. La habitación estaba en un silencio tan absoluto que nadie hubiera creído que alguien más que yo estaba ahí, pero yo lo sentía. Desde el instante mismo en que había cruzado mi mirada con la del cazador por primera vez, supe que siempre iba a saber dónde estaba. Siempre iba a saber si lo tenía cerca, siempre iba a sentir su presencia. Ya no tenía forma de escapar. Y por ahora no la querría aunque la tuviera. Pero todavía me faltaba girarme y mirarle, a la luz del día, descubrir de qué color eran sus ojos, su pelo, si le faltaban dientes. Me faltaba casi todo por descubrir. Y me daba pánico, me daba una sensación de vacío y de lleno a la vez, me emocionaba de tal manera que no era justo, y ya no sabía qué sentía, y de repente me había dado la vuelta casi sin pensarlo.
Y ahí, frente a mí, encontré mi destino.
Que nunca había buscado. Pero sabía que acabaría encontrándolo.
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