lunes, 9 de abril de 2012

Cazador, VII

Me miraba con una mezcla entre curiosidad e impaciencia. La parte de la impaciencia la podía entender, porque según él mismo me había dicho la noche anterior, llevaba mucho tiempo esperándome, pero no sabía qué era esa curiosidad. En mi inconsciencia eterna, o quizá en mi afán de creerme mucho más importante de lo que soy, pensaba que el cazador ya lo sabría todo sobre mí, que llevaría años observándome, siguiendo cada uno de mis movimientos hasta el momento en que yo estuviera preparada y fuera a él por mi propio pie. Pero viendo esa curiosidad en sus ojos me di cuenta de que no era así. Pero que sí era yo. No había sido un accidente, no había sido una casualidad. Era yo. Estaba allí porque tenía que estar allí, tal y como sospechaba desde aquel primer redoble del tambor.
Sin embargo, no hizo ninguna pregunta. Me tendió una taza con algo que olía ligeramente a café, mezclado con hierbas que ni siquiera quiero pensar qué eran, y me sonrió. Era una sonrisa que no esperaba. Era tierna, en realidad, aunque era evidente que no la usaba mucho, que no estaba acostumbrado a sonreír. Seguramente llevara años sin sonreír a nadie, pensé. Quién sabe. Pero no era el momento de preguntar. Así que acepté la sonrisa y, dentro de la confusión en la que me encontraba con respecto a todo, le intenté devolver una propia. Sé que fue poco más que una mueca, pero también sé que él la supo interpretar. Tomé el café de sus manos y no pude evitar notar la aspereza en ellas. Me preguntaba si habría algo en ese hombre que no fuera áspero, pero entonces recordé (como si ya lo hubiera podido olvidar; pero en esos días todo era tan nuevo, raro y terrorífico que cada nueva emoción me hacía olvidar la anterior) su sonrisa, su tierna sonrisa, y decidí no seguir juzgando antes de descubrir qué estaba pasando. Decidí olvidar que ese hombre llevaba diecisiete años asesinando a mi gente a sangre fría, que nunca dejaba pruebas, que era frío y calculador, que su crueldad no conocía límites. Decidí olvidar todo eso.

Decidí dejar por un segundo al cazador, y centrarme en el hombre.

Hay errores que te pueden perseguir toda una vida. Pero hay aciertos que pueden cambiar toda tu vida.


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