domingo, 8 de abril de 2012

"No mires a los lados, Juan"

No era fácil caminar por esa cueva. Estaba oscura, y la linterna que llevaba con él no tenía mucho alcance. Apenas el suficiente para alumbrar el camino que tenía por delante. La precaución era más que necesaria, porque el camino era estrecho y había muchas rocas que podrían romperle un tobillo si tropezaba. Un tobillo era una cosa seria. Nunca saldría de ahí con vida si se hacía daño.

La mente, ese instrumento tan inútil a veces, tan inoportuno, decidió llevarle al comienzo de la historia. Todo por impresionar a un chico. Qué chico, por otra parte. Piel morena y suave, ojos verdes como una piedra demasiado preciosa como para tener nombre siquiera. Una sonrisa que retaba a cualquiera. En este caso a Juan. Pues claro que lo intentaré, dijo. Cruzaré la cueva. ¿Tú irás delante? ¿La expedición será grande?

Una expedición de quince personas. No era de esperar que pasara nada. Juan estaba seguro de que al final se lo pasaría muy bien, aunque nunca había sido un gran aventurero. Pero valía la pena, sólo al ver la sonrisa en aquellos ojos tan imposiblemente verdes supo que valía la pena haber dicho que sí. Sólo había que pensar en lo que pasaría después de la cueva.

Pero en algún momento, en algún recoveco que nunca más sería capaz de reconocer, perdió a los demás. Se puso nervioso y empezó a caminar solo, gritando, pero las paredes sólo le devolvían el eco de su voz. De su voz asustada. De su voz desesperada. Ecos con muy poca esperanza, la cueva era profunda, el camino oscuro, su preparación escasa. No quería morir en esa cueva. No quería morir. Por eso siguió caminando. Mejor no mirar a los lados por si acaso. Mejor seguir mirando al frente.

"No mires a los lados, Juan". Se lo repetía a sí mismo una y otra vez. Tenía pánico a la oscuridad. Nunca había tenido miedo a los espacios cerrados, pero algo le hacía intuir que eso iba a cambiar. Si salía de ésta, claro. Por si acaso, no mirar a los lados y seguir caminando. En algún momento tendrá que aparecer la luz del sol al fondo. Y si no, maldita sea mi suerte. Todo por un chico. Con lo fácil que hubiera sido inventarse una lesión, decirle que mejor si iban a tomar un café para conocerse un poco y dejar las aventuras para más adelante, cuando la chispa de acabar de conocerse hubiera pasado. Maldita suerte. Malditos ojos verdes.

Volvió a gritar, sin mucha esperanza, pero por si acaso. "¿Hola? ¿Me puede oír alguien?". Nada. "¡Hola! ¡Por favor! ¿Hay alguien?". Y entonces su corazón dio un vuelco. "¡Aquí! ¡Juan! ¿Eres tú?". Se echó a llorar, de la pura emoción. "Sí"-apenas le salía la voz, entrecortada y frágil como la de un niño-"sí, estoy aquí".

Todos los cielos se abrieron ante sus ojos cuando vio que la voz que le llamaba, tal y como él había soñado desde la primera vez que se encontraron, era la de él. Sintió un alivio y un amor y una pasión tan grandes, que no le dio tiempo a ver el puñal en su mano.

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