jueves, 5 de abril de 2012

Cazador, VI

Cuando volví en mí, noté sus ojos clavados en mi nuca. Estaba acostada en una especie de cama primitiva, dura como una piedra, recubierta con paja. Me cubría una manta tosca, áspera, como la voz del Cazador. Sabía que me estaba observando, pero aún no me sentía preparada para enfrentarme a su mirada. Para enfrentarme a mi destino. Así que hice una ronda a la habitación en la que estaba. Era claramente una cabaña, las paredes de barro, el techo de pizarra. Parecida a la que usaban los pastores del pueblo cuando iban a las montañas a cuidar de las ovejas, pero con un aspecto mucho más permanente, y por eso quizá, más sombrío. Era un hogar de una tristeza infinita, pero era un hogar. Había algo que lo decía susurrando, un lamento de soledad pero también de decisión. En esa cabaña vivía alguien con una misión. Que de repente, sabía que me incluía a mí. Y aún no sabía si era porque estaba maldita, o tocada por alguna buena estrella.


Él me dejó hacer mi ronda de reconocimiento sin hacer ni el más mínimo ruido, ni un carraspeo, ni un repiqueteo de los dedos contra una mesa, ni una respiración agitada. La habitación estaba en un silencio tan absoluto que nadie hubiera creído que alguien más que yo estaba ahí, pero yo lo sentía. Desde el instante mismo en que había cruzado mi mirada con la del cazador por primera vez, supe que siempre iba a saber dónde estaba. Siempre iba a saber si lo tenía cerca, siempre iba a sentir su presencia. Ya no tenía forma de escapar. Y por ahora no la querría aunque la tuviera. Pero todavía me faltaba girarme y mirarle, a la luz del día, descubrir de qué color eran sus ojos, su pelo, si le faltaban dientes. Me faltaba casi todo por descubrir. Y me daba pánico, me daba una sensación de vacío y de lleno a la vez, me emocionaba de tal manera que no era justo, y ya no sabía qué sentía, y de repente me había dado la vuelta casi sin pensarlo.

Y ahí, frente a mí, encontré mi destino.

Que nunca había buscado. Pero sabía que acabaría encontrándolo.

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