Subíamos la colina cada vez a mayor velocidad, era como si estuviera ansioso, como si ya no le quedara mucho tiempo para nada, como si temiera que yo me desvaneciera si no llegábamos pronto a nuestro destino. Él no miraba hacia atrás, no me hablaba, no parecía acordarse de mi existencia, pero yo sabía, notaba o intuía que estaba escuchando, que había cierta tensión en sus hombros, que no podía permitirse que yo de pronto me diera la vuelta y echara a correr rumbo a casa. De todas formas yo no pensaba en huir, por muchos motivos, porque no quería pensar en qué le pasaría a mi familia si huía del cazador, porque me sabía más lenta, débil e incapaz ante su fuerza y su destreza, y sobre todo, porque sabía que no debía huir, sabía que ahí era donde debía estar, que seguir esos pasos era para lo que había nacido y crecido en ese pueblo pequeño en mitad de la nada, donde los gritos desgarrados se perdían en el eco de los valles y la muerte se aceptaba como parte de la vida, como un destino inevitable, y todos sabían del cazador, pero nadie nunca intentaba cazarlo.
El pueblo donde un tambor podía cambiar tu vida para siempre.
Me costaba cada vez más caminar. Sentía que estaba perdiendo el aliento por momentos, que las cosas ante mis ojos se volvían borrosas y el cazador volvía a ser lo que siempre había sido: una sombra amenazadora. Todo me daba vueltas y luchaba por seguir caminando, pero mis pies no querían obedecer a mi cerebro, ni siquiera mi cerebro quería obedecer a mi cerebro, y de pronto me estaba cayendo, me estaba apagando, me apagaba y no quería apagarme, no quería dejar de funcionar, quería llegar al fin a mi destino y descubrir qué hacía yo ahí fuera, por qué el cazador había venido a por mí, qué demonios estaba pasando. Pero me apagaba, me caía, y de pronto todo estaba negro a mi alrededor.
Abrí los ojos un segundo y noté que alguien me estaba cargando en sus brazos. Tenía que ser él. Me dejé caer otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario