Historias de una noche las tenemos todos, al menos llegados a cierta edad.
Siempre pensé que se llamaban historias por lo que tienen de ficticio, de poder inventarse sólo por esa noche, cuando delante de un completo desconocido eres tan sólo una completa desconocida, que puede ser ella misma o Salomé o Blancanieves o Lillith o Eva, si le apetece (siempre, siempre es mejor escoger ser Lillith, si no vas a ser tú misma, claro). Un cuerpo de mujer buscando un cuerpo de hombre (o de mujer, eso lo dejo a la elección de cada cual), como en las peores novelas de portada discutible. Una invención del sexo, del amor aunque sólo sea por unas horas, de la pasión y la satisfacción, de todo lo que podemos imaginar pero rara vez nos atrevemos a ser y hacer.
Una historia de una noche es el microrrelato más elaborado del mundo.
Y así salí a buscarte aquella noche, con mis inspiraciones frustradas de novelista dispuesta a encontrar una historia que valiera la pena contar. De lo que quizá no me daba cuenta es de que prácticamente cualquier historia merece ser contada, siempre que se haga con la pasión precisa. Ni más, ni menos, sólo la precisa. Y de eso sabía ya bastante, y aquella noche aprendí más.
En el momento en que nos miramos supe que podía dejar de buscar, porque nos habíamos escogido. No había vuelta de hoja, era así. Tú y yo íbamos a acabar la noche metidos en un taxi anónimo, yendo a tu casa porque yo me quedaba en una pensión poco menos que de mala muerte, quizá de la mano, sonriéndonos nerviosos como si no hubiéramos bailado el mismo baile un millón de veces, como si no hubiéramos compartido taxis con desconocidos antes, como si la desnudez a la que nos íbamos a enfrentar en breves fuera a desnudarnos por completo, como si hubiera una remota posibilidad de enamorarnos. Qué curiosos son los nervios de las historias de una noche; no son los nervios de hablar con alguien con quien ves un futuro, pero tampoco es la inseguridad de conocer a alguien por la primera vez. Son unos nervios medio de mentira, casi más impuestos que sentidos de verdad, porque al fin y al cabo qué importa, dime, qué nos importa a ti y a mí cómo acabe resultando el asunto. Si al final voy a coger otro taxi, éste yo sola y sin darte la mano, con esa pequeña sensación de vacío y a la vez esa plenitud extrema de después. Llena de nicotina y sonriendo, seguramente. Pero sola y sin remordimientos. Como debe ser.
Hay viajes en taxi que pueden cambiar una vida, pero éste no será uno de ellos.
Y acabamos la noche como habíamos predicho los dos nada más vernos. Qué emoción más extraña, qué alegría más tonta. Qué pasión más desmedida. Todo para mirarnos a los ojos al terminar y darnos cuenta de que seguíamos siendo unos completos desconocidos. Te di mi teléfono, no quería que llamaras. Lo apuntaste, dijiste que llamarías, sabías que no lo harías. Y así escribimos un relato sencillo, sin complicaciones. Pero con una prosa placentera, agradable. No cambiará la vida de nadie por leer nuestra historia, pero es una buena lectura para las tardes de metro, para que recuerdes durante unos días o unas semanas y luego volvamos a nuestras vidas como si no importara que no exista el mundo paralelo en el que convertimos el microrrelato en novela.
Cuántos cuentos empiezan y acaban en una sola página.
Como éste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario