Pero había un motivo por el que los tambores me habían llamado con tanta urgencia, había un destino que iba a cumplirse esa noche, y ese destino no implicaba ni mis armas ni mi muerte. “Por fin”, dijo, y echó a caminar en dirección contraria al pueblo. No dijo ni una palabra más antes de darse la vuelta, simplemente echó a caminar, y yo, aún fascinada por su voz de raíz, su voz de serpiente del paraíso, esa voz hipnótica, grave y animal, no tuve más remedio que seguirle. Los tambores habían cesado en mi cabeza (me parece que seguían vivos en el horizonte, pero ¿cómo estar segura? Yo sólo podía escuchar un eco: el eco de su voz diciéndome “por fin”: nadie nunca había esperado por mí antes.), sustituidos por un eterno “por fin” que ya nunca podré sacarme.
Mis pies se sentían cada vez más ligeros, tenía ganas de corretear a su lado, de hacerle mil preguntas (de repente todo mi miedo se había convertido en curiosidad), pero sabía que no era apropiado, sabía que por más que esa noche no fuera la de mi muerte, tampoco debía tentar a la suerte, y que más vale no jugar con un cazador. Así que me mantuve a una distancia prudencial y fui siguiendo sus pasos, por algún motivo intentando encajar mi pie en las huellas que él iba dejando. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el corazón se me encogió un poco, y seguí caminando, de nuevo sombría, mis pies pesados como si hubiera atado plomo a cada bota. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde iba? ¿Qué decía aquel “por fin”, qué implicaciones tenía? ¿Por qué hoy, después de diecisiete años, apenas semana y media después de mi cumpleaños?
No hay comentarios:
Publicar un comentario