lunes, 26 de marzo de 2012

Her terror of the clock running down...

No había marcha atrás.

No se sentía vieja, pero tampoco se sentía joven, apenas sentía que estaba ahí. Que en algún momento había llegado ahí, y había acabado quedándose a pesar de todo, de las señales que le gritaban, lloraban e imploraban que se moviera, que volviera a ser quien siempre había sido, que escapara de una vez por todas. Pero había decidido no escuchar, había decidido que ya era hora de crecer, de madurar y quedarse como si hubiera algo de malo en seguir a la deriva. Alguien le había dicho que sólo los cobardes huyen.

Y ella nunca se  había parado a pensar que irse no es lo mismo que huir.

Su trabajo no estaba mal, le gustaba algunos días, otros días le aburría enormemente. Eran ocho horas al día de hacer algo para lo que tenía preparación de sobra y ningún tipo de pasión. Pero que le daba el dinero suficiente para tener una vida cómoda, tranquila. Lo que nunca había querido. Lo que siempre le habían tratado de convencer de que quería. Tenía un marido simpático, un tipo sin problemas, no bebía demasiado, era pacífico y tranquilo, se llevaba bien con sus padres y con sus amigos. También sus amigos eran tranquilos y simpáticos. Todo muy alegre, muy relajado. Una vida de las que nunca salen en las películas, pero que en teoría todos quieren.

Se sentía acorralada. Atrapada en una tela de araña pegajosa, que se estrechaba contra su piel por las noches y hacía que se despertara con la terrible sensación de que no había nada que la salvara, que había tres pares de ojos observándola desde alguna oscuridad tan profunda que nada podría iluminarla nunca, y esperaban. Esperaban con paciencia a que ella bajara la guardia. A que su vida alegre y relajada se volviera tan relajada que ella perdiera el sensor de peligro. Y entonces atacaría. Esa araña venenosa, que poco a poco la iba envolviendo en un tejido tan viscoso, tan peligroso y cruel que podría matarla de asfixia cualquier noche.

No quería sentirse así, no quería estar acorralada. Quería ser la mujer de la vida perfecta que disfrutaba la vida perfecta, que sonreía a su marido al llegar a casa y encontrarse la cena hecha, que salía de trabajar contenta por haber oído los últimos cotilleos de sus compañeras, que quedaba para jugar al tenis con otras parejas de amigos los fines de semana. Quería que todo eso la llenara como se suponía que tenía que llenarla. Pero no lo hacía.

Pero había algo, un latido, un temblor, una eterna sensación de libertad en la sola idea de coger la maleta y no mirar siquiera a dónde iba el próximo tren, aparecer en China, en Francia, en el pueblo de al lado, pero dispuesta a empezar de cero, como había sido antes, como nunca le había dado miedo hacer cuando era más joven, como siempre, siempre había correteado por sus venas, mezclado con las plaquetas, con cada partícula de oxígeno que respiraba, con todas y cada una de las gotas de su sangre. Esa sangre que se le helaba ahora al sólo pensar en su vida.

Cuando su marido llegó a casa aquella noche, no faltaba nada. La maleta estaba en su sitio, toda la ropa, todas las joyas y el dinero. Los objetos personales, las fotos y los recuerdos. Nada indicaba que hubiera huido, que al fin se hubiera escapado de esa vida que todo el mundo pensaba perfecta. Y sin embargo lo había hecho. 

Cuando la policía vino a llevarse el cadáver, no quedaba ni una telaraña en toda la casa. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario