lunes, 19 de marzo de 2012

Cazador, II

Yo dormía tranquila hasta que el tambor me despertó. No era la primera vez que lo oía, pero esta vez me pareció que tenía un ritmo diferente, una especie de retintín que me llamaba, a mí, sabía que era a mí. También sabía que, cuando el cazador despertaba, todos teníamos que encerrarnos en casa y rezar por que pasara de largo ante nuestra puerta. Pero me estaba llamando, yo lo oía, lo sabía. Y la música era demasiado excitante, la tentación demasiado fuerte, como para volver a trancar las ventanas y silenciar a mis instintos. Así que abrí la ventana de atrás, la que nadie estaba vigilando (todos sabían que si escogía a mi familia, entraría por la puerta principal; también sabían que no dejaría testigos, que la sangre atraería a los carroñeros y así en el pueblo sabrían lo que había pasado, unos días más tarde, y vendrían a recoger los cuerpos y los lanzarían río abajo, como siempre, como una vez al año aproximadamente, desde mi nacimiento -extraño destino que lo hizo llegar al pueblo días después de que yo naciera- hasta mis diecisiete años bastante bien puestos), y me escabullí. Sabía que entre colocar los tablones en las ventanas, darle la vuelta a todas las llaves de todas las cerraduras, y temblar, todavía tenía al menos una hora antes de la reagrupación y el recuento. Y para entonces nadie se atrevería a salir a buscarme, porque el cazador ya estaría de camino.

Noté el frío de la noche en cuanto mis pies tocaron el suelo. Ni siquiera mis gruesas botas fueron capaces de protegerme. Un temblor que venía de muy antiguo y duraría seguramente muchos siglos después de que yo muriera me recorrió todo el cuerpo, empezando en la espalda, en la espina dorsal, allí en el centro de todos mis movimientos, y se fue expandiendo a cada músculo, a cada tendón, al hueso y más allá, al tuétano, al centro mismo de cada partícula de mi ser. Un temblor como ningún otro, jamás, había sentido. Un temblor que sabía a sangre, que tenía una y mil tormentas en su interior, un temblor de animal o de tierra entera, no un temblor humano, algo más allá.

Era la hora, el cazador había despertado, pero yo ya llevaba años esperándolo.

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