lunes, 19 de marzo de 2012

Cazador, I

Se escuchan tambores en la lejanía. Tam-tam, tam-tam, tam-tam. Cada vez se oyen más fuertes, más fuertes, más fuertes. El corazón lo nota: el pulso se acelera, las sienes laten al mismo ritmo misterioso y frenético del tambor, todo el cuerpo empieza a sudar como después de una hora de danza incesante, ancestral, primaria. El tambor mientras tanto sigue amenazando, siempre más inquietante que en el segundo anterior, siempre más intenso.
La brisa se para un segundo. Llevaba toda la noche meciéndose suavemente sobre la colina, acariciando a todos los que allí dormían, pero ahora se frena, como asustada. Todos los ruidos que precedían al tambor (los grillos, las hojas de los árboles, la dulce música de las noches de verano) también. La piel se tensa, los músculos se contraen en una mueca aterrorizada, parece que en cualquier momento la piel del pecho se va a rajar para que el corazón al fin eche a correr, que es lo que lleva pidiendo ya unos minutos.  

Es la hora. El cazador ha despertado. 

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