lunes, 26 de marzo de 2012

Cazador, V

Subíamos la colina cada vez a mayor velocidad, era como si estuviera ansioso, como si ya no le quedara mucho tiempo para nada, como si temiera que yo me desvaneciera si no llegábamos pronto a nuestro destino. Él no miraba hacia atrás, no me hablaba, no parecía acordarse de mi existencia, pero yo sabía, notaba o intuía que estaba escuchando, que había cierta tensión en sus hombros, que no podía permitirse que yo de pronto me diera la vuelta y echara a correr rumbo a casa. De todas formas yo no pensaba en huir, por muchos motivos, porque no quería pensar en qué le pasaría a mi familia si huía del cazador, porque me sabía más lenta, débil e incapaz ante su fuerza y su destreza, y sobre todo, porque sabía que no debía huir, sabía que ahí era donde debía estar, que seguir esos pasos era para lo que había nacido y crecido en ese pueblo pequeño en mitad de la nada, donde los gritos desgarrados se perdían en el eco de los valles y la muerte se aceptaba como parte de la vida, como un destino inevitable, y todos sabían del cazador, pero nadie nunca intentaba cazarlo.

El pueblo donde un tambor podía cambiar tu vida para siempre.

Me costaba cada vez más caminar. Sentía que estaba perdiendo el aliento por momentos, que las cosas ante mis ojos se volvían borrosas y el cazador volvía a ser lo que siempre había sido: una sombra amenazadora. Todo me daba vueltas y luchaba por seguir caminando, pero mis pies no querían obedecer a mi cerebro, ni siquiera mi cerebro quería obedecer a mi cerebro, y de pronto me estaba cayendo, me estaba apagando, me apagaba y no quería apagarme, no quería dejar de funcionar, quería llegar al fin a mi destino y descubrir qué hacía yo ahí fuera, por qué el cazador había venido a por mí, qué demonios estaba pasando. Pero me apagaba, me caía, y de pronto todo estaba negro a mi alrededor.

Abrí los ojos un segundo y noté que alguien me estaba cargando en sus brazos. Tenía que ser él. Me dejé caer otra vez. 

Her terror of the clock running down...

No había marcha atrás.

No se sentía vieja, pero tampoco se sentía joven, apenas sentía que estaba ahí. Que en algún momento había llegado ahí, y había acabado quedándose a pesar de todo, de las señales que le gritaban, lloraban e imploraban que se moviera, que volviera a ser quien siempre había sido, que escapara de una vez por todas. Pero había decidido no escuchar, había decidido que ya era hora de crecer, de madurar y quedarse como si hubiera algo de malo en seguir a la deriva. Alguien le había dicho que sólo los cobardes huyen.

Y ella nunca se  había parado a pensar que irse no es lo mismo que huir.

Su trabajo no estaba mal, le gustaba algunos días, otros días le aburría enormemente. Eran ocho horas al día de hacer algo para lo que tenía preparación de sobra y ningún tipo de pasión. Pero que le daba el dinero suficiente para tener una vida cómoda, tranquila. Lo que nunca había querido. Lo que siempre le habían tratado de convencer de que quería. Tenía un marido simpático, un tipo sin problemas, no bebía demasiado, era pacífico y tranquilo, se llevaba bien con sus padres y con sus amigos. También sus amigos eran tranquilos y simpáticos. Todo muy alegre, muy relajado. Una vida de las que nunca salen en las películas, pero que en teoría todos quieren.

Se sentía acorralada. Atrapada en una tela de araña pegajosa, que se estrechaba contra su piel por las noches y hacía que se despertara con la terrible sensación de que no había nada que la salvara, que había tres pares de ojos observándola desde alguna oscuridad tan profunda que nada podría iluminarla nunca, y esperaban. Esperaban con paciencia a que ella bajara la guardia. A que su vida alegre y relajada se volviera tan relajada que ella perdiera el sensor de peligro. Y entonces atacaría. Esa araña venenosa, que poco a poco la iba envolviendo en un tejido tan viscoso, tan peligroso y cruel que podría matarla de asfixia cualquier noche.

No quería sentirse así, no quería estar acorralada. Quería ser la mujer de la vida perfecta que disfrutaba la vida perfecta, que sonreía a su marido al llegar a casa y encontrarse la cena hecha, que salía de trabajar contenta por haber oído los últimos cotilleos de sus compañeras, que quedaba para jugar al tenis con otras parejas de amigos los fines de semana. Quería que todo eso la llenara como se suponía que tenía que llenarla. Pero no lo hacía.

Pero había algo, un latido, un temblor, una eterna sensación de libertad en la sola idea de coger la maleta y no mirar siquiera a dónde iba el próximo tren, aparecer en China, en Francia, en el pueblo de al lado, pero dispuesta a empezar de cero, como había sido antes, como nunca le había dado miedo hacer cuando era más joven, como siempre, siempre había correteado por sus venas, mezclado con las plaquetas, con cada partícula de oxígeno que respiraba, con todas y cada una de las gotas de su sangre. Esa sangre que se le helaba ahora al sólo pensar en su vida.

Cuando su marido llegó a casa aquella noche, no faltaba nada. La maleta estaba en su sitio, toda la ropa, todas las joyas y el dinero. Los objetos personales, las fotos y los recuerdos. Nada indicaba que hubiera huido, que al fin se hubiera escapado de esa vida que todo el mundo pensaba perfecta. Y sin embargo lo había hecho. 

Cuando la policía vino a llevarse el cadáver, no quedaba ni una telaraña en toda la casa. 

Cazador, IV

Pero había un motivo por el que los tambores me habían llamado con tanta urgencia, había un destino que iba a cumplirse esa noche, y ese destino no implicaba ni mis armas ni mi muerte. “Por fin”, dijo, y echó a caminar en dirección contraria al pueblo. No dijo ni una palabra más antes de darse la vuelta, simplemente echó a caminar, y yo, aún fascinada por su voz de raíz, su voz de serpiente del paraíso, esa voz hipnótica, grave y animal, no tuve más remedio que seguirle. Los tambores habían cesado en mi cabeza (me parece que seguían vivos en el horizonte, pero ¿cómo estar segura? Yo sólo podía escuchar un eco: el eco de su voz diciéndome “por fin”: nadie nunca había esperado por mí antes.), sustituidos por un eterno “por fin” que ya nunca podré sacarme.

Mis pies se sentían cada vez más ligeros, tenía ganas de corretear a su lado, de hacerle mil preguntas (de repente todo mi miedo se había convertido en curiosidad), pero sabía que no era apropiado, sabía que por más que esa noche no fuera la de mi muerte, tampoco debía tentar a la suerte, y que más vale no jugar con un cazador. Así que me mantuve a una distancia prudencial y fui siguiendo sus pasos, por algún motivo intentando encajar mi pie en las huellas que él iba dejando. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el corazón se me encogió un poco, y seguí caminando, de nuevo sombría, mis pies pesados como si hubiera atado plomo a cada bota. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde iba? ¿Qué decía aquel “por fin”, qué implicaciones tenía? ¿Por qué hoy, después de diecisiete años, apenas semana y media después de mi cumpleaños?

viernes, 23 de marzo de 2012

Cazador, III

Eché a correr ladera arriba, en la dirección de la que venían los tambores. En su búsqueda. Tal vez si lo encontraba antes de que le diera tiempo a bajar al pueblo, podría evitar una nueva matanza. ¿A cambio de mi vida? ¿A cambio de la suya? ¿Derramaríamos ríos de sangre, o nos sabríamos tan iguales al vernos que nos dejaríamos marchar, sin más? Mientras me preguntaba todo eso, los tambores resonaban más cerca, y se unían a mi temblor. Cada vez más dentro de mis oídos, más dentro, más profundo. Los sentía vibrar en mi interior, y sabía que no era miedo, sabía que no era miedo. Aunque no sabía qué era. Sólo sabía que tenía que seguir corriendo, que tenía que seguir yendo en su dirección, que había un destino a punto de cumplirse y quizá fuera el mío.

Me estaba esperando. Nadie le había avisado de mi llegada, pero él me estaba esperando. Me miró con sus ojos enormes, mucho más tranquilos de lo que yo esperaba, sosegados, pero hirientes. Tenía la boca más grande, más increíble que he visto en mi vida. Sin duda lo que yo hubiera imaginado si alguien me hubiera hablado alguna vez de “la boca del cazador”. Me estaba esperando de pie en lo alto de la colina, desarmado, apacible. No tenía una actitud hostil, no parecía dispuesto a atacarme. Me alegré, porque yo no llevaba ningún arma conmigo. Seguramente porque no sabía a qué me iba a enfrentar, porque no me había parado a pensar ni por un segundo en qué pasaría si él intentaba matarme, porque no había pensado en absoluto. Sólo había actuado, me había movido mucho más rápido de lo que mi cerebro nunca ha sido capaz de moverse, y de repente, al sentirme aliviada por verle desarmado, me di cuenta de lo irresponsable que había sido.

lunes, 19 de marzo de 2012

Cazador, II

Yo dormía tranquila hasta que el tambor me despertó. No era la primera vez que lo oía, pero esta vez me pareció que tenía un ritmo diferente, una especie de retintín que me llamaba, a mí, sabía que era a mí. También sabía que, cuando el cazador despertaba, todos teníamos que encerrarnos en casa y rezar por que pasara de largo ante nuestra puerta. Pero me estaba llamando, yo lo oía, lo sabía. Y la música era demasiado excitante, la tentación demasiado fuerte, como para volver a trancar las ventanas y silenciar a mis instintos. Así que abrí la ventana de atrás, la que nadie estaba vigilando (todos sabían que si escogía a mi familia, entraría por la puerta principal; también sabían que no dejaría testigos, que la sangre atraería a los carroñeros y así en el pueblo sabrían lo que había pasado, unos días más tarde, y vendrían a recoger los cuerpos y los lanzarían río abajo, como siempre, como una vez al año aproximadamente, desde mi nacimiento -extraño destino que lo hizo llegar al pueblo días después de que yo naciera- hasta mis diecisiete años bastante bien puestos), y me escabullí. Sabía que entre colocar los tablones en las ventanas, darle la vuelta a todas las llaves de todas las cerraduras, y temblar, todavía tenía al menos una hora antes de la reagrupación y el recuento. Y para entonces nadie se atrevería a salir a buscarme, porque el cazador ya estaría de camino.

Noté el frío de la noche en cuanto mis pies tocaron el suelo. Ni siquiera mis gruesas botas fueron capaces de protegerme. Un temblor que venía de muy antiguo y duraría seguramente muchos siglos después de que yo muriera me recorrió todo el cuerpo, empezando en la espalda, en la espina dorsal, allí en el centro de todos mis movimientos, y se fue expandiendo a cada músculo, a cada tendón, al hueso y más allá, al tuétano, al centro mismo de cada partícula de mi ser. Un temblor como ningún otro, jamás, había sentido. Un temblor que sabía a sangre, que tenía una y mil tormentas en su interior, un temblor de animal o de tierra entera, no un temblor humano, algo más allá.

Era la hora, el cazador había despertado, pero yo ya llevaba años esperándolo.

Cazador, I

Se escuchan tambores en la lejanía. Tam-tam, tam-tam, tam-tam. Cada vez se oyen más fuertes, más fuertes, más fuertes. El corazón lo nota: el pulso se acelera, las sienes laten al mismo ritmo misterioso y frenético del tambor, todo el cuerpo empieza a sudar como después de una hora de danza incesante, ancestral, primaria. El tambor mientras tanto sigue amenazando, siempre más inquietante que en el segundo anterior, siempre más intenso.
La brisa se para un segundo. Llevaba toda la noche meciéndose suavemente sobre la colina, acariciando a todos los que allí dormían, pero ahora se frena, como asustada. Todos los ruidos que precedían al tambor (los grillos, las hojas de los árboles, la dulce música de las noches de verano) también. La piel se tensa, los músculos se contraen en una mueca aterrorizada, parece que en cualquier momento la piel del pecho se va a rajar para que el corazón al fin eche a correr, que es lo que lleva pidiendo ya unos minutos.  

Es la hora. El cazador ha despertado. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Era un hombre alto, espigado. Mi recuerdo de él es que era muy guapo, pero yo era una niña y quizá me equivocaba. Seguro que años después lo dejó de ser, de todas formas. Si sigue vivo, que no lo sé, seguramente esté tan ajado que ni se le reconozca. De todas formas hace muchos años que no lo veo, y prefiero que sea así.

Para mí era un misterio. Conmigo era dulce y simpático, pero después oí tantas historias sobre su crueldad, sus malas acciones y su debilidad, que ya no sabía qué creer. Creo que aún me acuerdo de él porque fue la primera persona a la que le conocí dos caras. Después vendrían muchos más, historias mucho más tristes y personales para mí, pero él fue el primero.

La gente así te hace crecer, supongo. Cuando eres niña todo el mundo es bueno o malo, en términos absolutos, y después llega la vida y te jode todos los esquemas. Y es cuando oyes que ese hombre que contigo siempre era amable y sonriente se dedicaba a pegar a su mujer en cuanto se quedaban a solas. Y a amenazar a sus hijas, y a gastarse todo el dinero de la familia en alcohol, primero, y en otras drogas, después, según íbamos creciendo. Terrible. Pero real.

Y así también aprendí que la vida es y no es como en las películas.

Lo es porque las cosas malas pasan, como en las películas, y son aún más tristes de lo que nos enseñan. Pero en la vida no viene un héroe atractivo y fuerte a salvar a nadie. En la vida una se tiene que salvar sola, por si acaso no llega nadie. Esperar al héroe no puede traer nada bueno. Y eso lo aprendes por la vía mala, y eso lo aprendes en la gente a la que quieres. Y también aprendes que es la gente a la que quieres la que se puede convertir en el monstruo de la película.

En mi imaginación, Sayid se convirtió en una leyenda negra. Nunca antes había conocido a un drogadicto (teniendo en cuenta que se fue cuando yo tenía catorce años, creo que es razonable), y tenía algo de prohibido y muy atractivo a la vez. Como un incendio al que quieres tirar toda tu vida para empezar de cero. Sabes que va a quemar, y que una vez mandado todo al carajo ya no puedes recuperarlo, pero aún así barajas la posibilidad. Que conste que no estoy diciendo que barajara la posibilidad de empezar a drogarme, de convertirme en alguien como él. Pero hablo de la fascinación que me causaba, como rara avis que era en mi vida. Sin que las personas que me rodeaban directamente dejaran de ser extrañas y únicas; pero él era alguien de quien hablaban en la televisión. Alguien que salía en las novelas. Alguien que formaba parte de un problema grande de la sociedad que desde siempre me ha fascinado. Y aterrorizado.

Y formaba parte de mi vida, pero de una manera tan indirecta que no me quemaba. Apenas sentía las cenizas de sus acciones caer sobre mí cuando escuchaba sus historias, cuando era yo quien ponía los oídos y los brazos para recoger a la amiga que sí estaba ardiendo en el medio de aquel infierno. Ella tiene cicatrices de por vida, yo apenas conservo el miedo al fuego. Como cuando tus vecinos pierden a un familiar en un accidente de coche y tú le coges miedo a conducir sólo porque ves su dolor, de cerca y con cierta curiosidad, pero desde una barrera de protección que es la vida propia, de la que hay que preocuparse desde la inmediatez. Y tampoco mi infancia era un camino de rosas, y menos aún me lo parecía entonces. Ahora, evidentemente, no me atrevería a compararme; sé que con mis altos y mis bajos siempre estuve en una suave colina en contraste con mi amiga.

Nadie sabe muy bien el paradero exacto de Sayid ahora. Es posible que haya muerto. La última vez que supimos de él estaba bastante hecho polvo, al fin y al cabo, así que supongo que es lo que cabría esperar. Me pregunto si alguna vez habrá recuperado el rumbo. Si se habrá parado a pensar en lo que le hizo a su familia, en las marcas en la piel que en realidad son marcas en la mirada solamente. Si será capaz de arrepentirse, o de sentir pena por ellas. Quiero creer que sí, porque quiero creer que todos tenemos ese don, el de ser humanos. Pero a veces dudo. A veces dudo de todo y de todos.

Tal vez algún día me lo encuentre, quién sabe, mientras paseo por la ciudad. Me pregunto si seguirá siendo aquel hombre alto, espigado. Si seguirá siendo tan guapo como en mi recuerdo, el recuerdo de aquella niña que aún miraba fascinada al fuego y no pensaba en el seguro para incendios.

Una noche, en la ciudad, me juraste que no me amarías

Historias de una noche las tenemos todos, al menos llegados a cierta edad.

Siempre pensé que se llamaban historias por lo que tienen de ficticio, de poder inventarse sólo por esa noche, cuando delante de un completo desconocido eres tan sólo una completa desconocida, que puede ser ella misma o Salomé o Blancanieves o Lillith o Eva, si le apetece (siempre, siempre es mejor escoger ser Lillith, si no vas a ser tú misma, claro). Un cuerpo de mujer buscando un cuerpo de hombre (o de mujer, eso lo dejo a la elección de cada cual), como en las peores novelas de portada discutible. Una invención del sexo, del amor aunque sólo sea por unas horas, de la pasión y la satisfacción, de todo lo que podemos imaginar pero rara vez nos atrevemos a ser y hacer.

Una historia de una noche es el microrrelato más elaborado del mundo.

Y así salí a buscarte aquella noche, con mis inspiraciones frustradas de novelista dispuesta a encontrar una historia que valiera la pena contar. De lo que quizá no me daba cuenta es de que prácticamente cualquier historia merece ser contada, siempre que se haga con la pasión precisa. Ni más, ni menos, sólo la precisa. Y de eso sabía ya bastante, y aquella noche aprendí más.

En el momento en que nos miramos supe que podía dejar de buscar, porque nos habíamos escogido. No había vuelta de hoja, era así. Tú y yo íbamos a acabar la noche metidos en un taxi anónimo, yendo a tu casa porque yo me quedaba en una pensión poco menos que de mala muerte, quizá de la mano, sonriéndonos nerviosos como si no hubiéramos bailado el mismo baile un millón de veces, como si no hubiéramos compartido taxis con desconocidos antes, como si la desnudez a la que nos íbamos a enfrentar en breves fuera a desnudarnos por completo, como si hubiera una remota posibilidad de enamorarnos. Qué curiosos son los nervios de las historias de una noche; no son los nervios de hablar con alguien con quien ves un futuro, pero tampoco es la inseguridad de conocer a alguien por la primera vez. Son unos nervios medio de mentira, casi más impuestos que sentidos de verdad, porque al fin y al cabo qué importa, dime, qué nos importa a ti y a mí cómo acabe resultando el asunto. Si al final voy a coger otro taxi, éste yo sola y sin darte la mano, con esa pequeña sensación de vacío y a la vez esa plenitud extrema de después. Llena de nicotina y sonriendo, seguramente. Pero sola y sin remordimientos. Como debe ser.

Hay viajes en taxi que pueden cambiar una vida, pero éste no será uno de ellos.

Y acabamos la noche como habíamos predicho los dos nada más vernos. Qué emoción más extraña, qué alegría más tonta. Qué pasión más desmedida. Todo para mirarnos a los ojos al terminar y darnos cuenta de que seguíamos siendo unos completos desconocidos. Te di mi teléfono, no quería que llamaras. Lo apuntaste, dijiste que llamarías, sabías que no lo harías. Y así escribimos un relato sencillo, sin complicaciones. Pero con una prosa placentera, agradable. No cambiará la vida de nadie por leer nuestra historia, pero es una buena lectura para las tardes de metro, para que recuerdes durante unos días o unas semanas y luego volvamos a nuestras vidas como si no importara que no exista el mundo paralelo en el que convertimos el microrrelato en novela.

Cuántos cuentos empiezan y acaban en una sola página.

Como éste.

Esa sensación de tener que explicar cada acto más pequeño

... al menos en lo que a escribir se refiere. Siento que todo necesita una excusa, una motivación, una razón de ser. Cuando en realidad escribo porque siento que quiero escribir, que me apetece decir algo; ni siquiera compartirlo con el mundo, sino simplemente dejarlo por escrito. A veces son cosas propias, otras cosas ajenas, otras veces son puros inventos.

Porque no todo es poesía, por eso escribo aquí. Si vienes de mi otro blog sabrás que escribo poesía con relativa frecuencia, que me gusta aunque a veces soy torpe, que mi poesía se basa en música la mayoría de las veces (rara vez he escrito un poema antes de escoger la canción con la que iría), y que soy tímida al respecto. Si vienes aquí rebotado de otras páginas o por pura casualidad o porque yo te dije que entraras, bienvenido y espero que te quedes, aunque no sé muy bien por qué.

No tomes esta primera entrada como representativa de lo que vas a encontrar aquí. Mi idea es convertir este blog en un paralelo a mi blog de poesía, pero para prosa. Así que verás cuentos e historias seguramente tristes por aquí. Quizá de vez en cuando opiniones, yo qué sé, pero supongo que ante todo ficción. Sé que no sueno muy segura de mí misma, pero es que no tengo ni idea de cómo va a acabar siendo esto. Como casi siempre, es experimental, porque la vida es mucho más divertida por el viejo método de ensayo y error. Y creo que la prosa me dará una libertad que la poesía no me da tanto, aunque no sepa explicar por qué.

En fin. Todo esto para darte la bienvenida. Para darnos la bienvenida, que también yo la necesito. Espero que disfrutes de la lectura de este blog tanto como yo voy a disfrutar de su escritura. Bienvenido. Bienvenida.