Era un hombre alto, espigado. Mi recuerdo de él es que era muy guapo, pero yo era una niña y quizá me equivocaba. Seguro que años después lo dejó de ser, de todas formas. Si sigue vivo, que no lo sé, seguramente esté tan ajado que ni se le reconozca. De todas formas hace muchos años que no lo veo, y prefiero que sea así.
Para mí era un misterio. Conmigo era dulce y simpático, pero después oí tantas historias sobre su crueldad, sus malas acciones y su debilidad, que ya no sabía qué creer. Creo que aún me acuerdo de él porque fue la primera persona a la que le conocí dos caras. Después vendrían muchos más, historias mucho más tristes y personales para mí, pero él fue el primero.
La gente así te hace crecer, supongo. Cuando eres niña todo el mundo es bueno o malo, en términos absolutos, y después llega la vida y te jode todos los esquemas. Y es cuando oyes que ese hombre que contigo siempre era amable y sonriente se dedicaba a pegar a su mujer en cuanto se quedaban a solas. Y a amenazar a sus hijas, y a gastarse todo el dinero de la familia en alcohol, primero, y en otras drogas, después, según íbamos creciendo. Terrible. Pero real.
Y así también aprendí que la vida es y no es como en las películas.
Lo es porque las cosas malas pasan, como en las películas, y son aún más tristes de lo que nos enseñan. Pero en la vida no viene un héroe atractivo y fuerte a salvar a nadie. En la vida una se tiene que salvar sola, por si acaso no llega nadie. Esperar al héroe no puede traer nada bueno. Y eso lo aprendes por la vía mala, y eso lo aprendes en la gente a la que quieres. Y también aprendes que es la gente a la que quieres la que se puede convertir en el monstruo de la película.
En mi imaginación, Sayid se convirtió en una leyenda negra. Nunca antes había conocido a un drogadicto (teniendo en cuenta que se fue cuando yo tenía catorce años, creo que es razonable), y tenía algo de prohibido y muy atractivo a la vez. Como un incendio al que quieres tirar toda tu vida para empezar de cero. Sabes que va a quemar, y que una vez mandado todo al carajo ya no puedes recuperarlo, pero aún así barajas la posibilidad. Que conste que no estoy diciendo que barajara la posibilidad de empezar a drogarme, de convertirme en alguien como él. Pero hablo de la fascinación que me causaba, como
rara avis que era en mi vida. Sin que las personas que me rodeaban directamente dejaran de ser extrañas y únicas; pero él era alguien de quien hablaban en la televisión. Alguien que salía en las novelas. Alguien que formaba parte de un problema grande de la sociedad que desde siempre me ha fascinado. Y aterrorizado.
Y formaba parte de mi vida, pero de una manera tan indirecta que no me quemaba. Apenas sentía las cenizas de sus acciones caer sobre mí cuando escuchaba sus historias, cuando era yo quien ponía los oídos y los brazos para recoger a la amiga que sí estaba ardiendo en el medio de aquel infierno. Ella tiene cicatrices de por vida, yo apenas conservo el miedo al fuego. Como cuando tus vecinos pierden a un familiar en un accidente de coche y tú le coges miedo a conducir sólo porque ves su dolor, de cerca y con cierta curiosidad, pero desde una barrera de protección que es la vida propia, de la que hay que preocuparse desde la inmediatez. Y tampoco mi infancia era un camino de rosas, y menos aún me lo parecía entonces. Ahora, evidentemente, no me atrevería a compararme; sé que con mis altos y mis bajos siempre estuve en una suave colina en contraste con mi amiga.
Nadie sabe muy bien el paradero exacto de Sayid ahora. Es posible que haya muerto. La última vez que supimos de él estaba bastante hecho polvo, al fin y al cabo, así que supongo que es lo que cabría esperar. Me pregunto si alguna vez habrá recuperado el rumbo. Si se habrá parado a pensar en lo que le hizo a su familia, en las marcas en la piel que en realidad son marcas en la mirada solamente. Si será capaz de arrepentirse, o de sentir pena por ellas. Quiero creer que sí, porque quiero creer que todos tenemos ese don, el de ser humanos. Pero a veces dudo. A veces dudo de todo y de todos.
Tal vez algún día me lo encuentre, quién sabe, mientras paseo por la ciudad. Me pregunto si seguirá siendo aquel hombre alto, espigado. Si seguirá siendo tan guapo como en mi recuerdo, el recuerdo de aquella niña que aún miraba fascinada al fuego y no pensaba en el seguro para incendios.