Nunca llueve tanto como en casa.
Lo más relajante del mundo es sentarse a mirar cómo llueve, con una taza de té en una mano y un buen libro en la otra, en casa, sintiéndose en casa, sintiéndose a salvo, y cálida, y cómoda.
Pero por otro lado, cuando el mundo se deshace en pequeñas lágrimas por fuera de la ventana, no hay nada más liberador que salir y empaparse en ese llanto imposible, fuerte, frío, limpio. Notar cómo poco a poco el pelo se va pegando a la cabeza, la ropa al cuerpo, la alegría al alma. Es otro mundo, es otra vida. Es la libertad que llama, que llora gritando tu nombre, que quiere empaparte para que la sientas en todo su esplendor.
No hagas oídos sordos a su llamada.
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